Otro país (fragmento)James Baldwin

Otro país (fragmento)

"Era un sábado de principios de marzo. Vivaldo se quedó junto a la ventana observando el alborear de la mañana. El viento mecía las calles vacías con una especie de gemido desanimado; había soplado toda la noche, mientras Vivaldo pugnaba en su mesa de trabajo con un capítulo que no iba demasiado bien. Estaba muy cansado -había trabajado todo el día en la librería y luego hubo de desplazarse al centro, pero éste no era el motivo de su pasividad. No parecía conocer suficientemente a la gente en su novela. Ellos no parecían confiar en él. Les había conferido un nombre, un destino, que quería describir con claridad. Pero para ellos no estaba nada claro. Él podía tratar de moverles, pero ellos no se moverían. Dispuso palabras malhumoradas en sus labios que denotaban su falta de convicción. Con la misma agonía que trató de seducir a una mujer intentó seducirles, suplicarles que dejaran rendirse su intimidad. Y se negaron, aunque su intransigencia no indicara el más mínimo deseo de abandonarlo. Ellos estaban esperando que él encontrara la clave, que pulsara el nervio justo para decir la verdad. Entonces, parecían lamentarse porque estaban dispuestos a darle mucho más de lo que él podría imaginar. A lo largo de la noche, en medio de una creciente rabia e impotencia, había vagado de su mesa de trabajo a la ventana, una y otra vez. Se hizo café, fumó algunos pitillos, miró el reloj que avanzaba lentamente, pero su capítulo no lo hizo y sintió la imperiosa necesidad de dormir un poco porque hoy, por primera vez en varias semanas, iría a ver a Ida. Tenía libre el sábado, pero ella estaba tomando una taza de café con una de sus amigas en el restaurante donde trabajaba. Fue a su encuentro allí y luego fueron a visitar a Richard y Cass.
La novela de Richard estaba a punto de ser publicada y se le auguraba un grandioso éxito. Vivaldo, para su confusión y alivio, no le había encontrado nada singular, pero no había hecho acopio del valor suficiente para decírselo a Richard, o para admitir que nunca hubiera leído esa novela si Richard no la hubiera escrito.
El sonido cesó de inmediato en las calles -motores, neumáticos, pisadas, imprecaciones, trozos de canciones y las fuertes y prolongados despedidas corteses; la última puerta de su edificio se cerró de golpe, claudicando los últimos murmullos, susurros y crujidos. Se hizo la noche a su alrededor y su apartamento se volvió gélido. Encendió el horno. Ellos invadieron el fondo de su mente como una pesada nube que testimoniara su delación con la deseada y desconocida Ida. Quizás fuera ella la causa de su silencio. "



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