La noche de Valia (fragmento)Monika Zgustova

La noche de Valia (fragmento)

"–¿Mujeres en el gulag? –exclamé. Nunca me hubiera imaginado que en el gulag, que me imaginaba como el peor de los infiernos, podía haber no sólo hombres sino también mujeres. Jamás había oído hablar de un gulag para mujeres. Mis anfitriones moscovitas observaron mi sorpresa que sin duda les habrá parecido ingenua para no decir ignorante. Eso fue a principios de otoño de 2008, en Moscú.
Mis amigos me dieron un número de teléfono. Al día siguiente me reuní con un señor mayor, un antiguo prisionero del gulag. Me iba de su casa con varios números de teléfono en el bolsillo: el de Susanna y de Ella, el de Elena, Nadezhda, Zaira y Valentina.
Cada día me desplazaba en el metro y luego en autobuses y a pie a barrios inhóspitos en la periferia de Moscú. En algunos de ellos los rusos eran una pequeña minoría y uno se sentía como si se hubiera desplazado al oriente, al tercer mundo, a Uzbekistan o Tadyikistan. Con frecuencia la gente me seguía con la vista, seguramente por parecer distinta, y eso me incomodaba enormemente. Cada día me encontraba con una señora diferente, mayores todas ellas y con problemas al caminar. “Si todas las expresas somos unas minusválidas es por la malnutrición y el frío intenso que padecimos durante tantos años en el gulag”, me explicó Elena. Cada una me contó una historia distinta, todas escalofriantes y al mismo tiempo llenas de sabiduría vital.
Valia era la última mujer en la lista. Al salir de la última parada del metro y preguntar información sobre cómo llegar a Shcherbinka, el pueblo periférico de Valia, un joven ruso me informó de mala gana que para llegar al lugar de destino tenía que coger un tren que había que esperar varias horas desprotegida en una estación al aire libre. Tras mucho vacilar –ese día hacía un verdadero vendaval y la temperatura fue invernal– me armé de paciencia y al final subí en el tren. Para sentarme hubiera tenido que dar unos pasos entre varios borrachos que dormían o se revolcaban en el suelo, así que opté por quedarme de pie cerca de la puerta.
Me costó mucho encontrar la casa de la señora Valentina, porque en su pueblo no había carteles con nombres de las calles ni números en las casas. Al final, en un tercer piso me abrió una anciana tan desaliñada que daba pena. Se movía en una silla sobre ruedas como las que suele haber en los despachos; la señora Valentina no podía levantarse y por ello se había convertido en prisionera por segunda vez. Daba mucha lástima, pero era la más alegre y vital de todas las expresas del gulag que había visitado. “Llámeme Valia,” me sugirió en seguida. En un pequeño hervidor Valia preparó un té para ambas, me enseñó fotos de su enamorado americano, Bill, de la hija que tuvo con él, Bella, y varias fotos suyas de los años del gulag. Y se pasó el resto del día contándome su historia. Una historia de amor. Al llegar al final, me dijo:

–Escriba sobre mi vida, reina. Y sobre mi amor. Nos vimos poco y sin embargo pasamos medio siglo locamente enamorados.
Esa misma noche me puse a escribir la historia Valia. "



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