Las veladas de la orquesta (fragmento)Hector Berlioz

Las veladas de la orquesta (fragmento)

"Se trata de una ópera italiana moderna. No encuentro al director de teatro Dimski y me urge su conocimiento sobre la historia romana.
Corsino dijo que el ingenio se postula en aras de la practicidad e impidió la presencia de público en las primeras actuaciones, convencido de que cualquier obra de teatro debía tener éxito en París. Por cierto, cabría decir que todos tienen éxito. Libros antiguos, modernos, piezas y partituras mediocres, odiosas y excelsas llegan a nuestros días. Por desgracia, era fácil de predecir que los aplausos obstinados menguan la incesante producción creativa de nuestros teatros. Los gerentes ganan poco dinero, ganan los autores vivos, pero éstos, poco halagados por su éxito, trabajan en consecuencia en el movimiento literario y musical de París. Por otro lado, hay más posibilidades de triunfo para los cantantes y actores. Una estruendosa ovación se convierte en un lugar común, pierde todo su valor, incluso se podría decir que comienza a excitar la risa despectiva del espectador. Los ciegos, los reyes de la tierra de los invidentes, no pueden prevalecer en un país donde todo el mundo es monarca... Al ver los resultados de este continuo entusiasmo, llegamos a dudar de la veracidad del nuevo proverbio: El exceso es una cualidad.
Podríamos experimentar cierta repulsa por este valor predeterminado, así que en caso de duda mejor nos abstendremos. Ésta es la manera de que los resultados extraños lleguen de la mano de la experiencia tarde o temprano. En Europa estamos siempre detrás los entusiastas del Nuevo Mundo, como si el Mississippi desbordara el caudal del Sena. Winter dijo que los estadounidenses se habían convertido en diletantes y ciertamente lo eran si creían en el éxito del señor Barnum y Jenny Lind. De hecho, hace dos años, a la llegada de la gran cantante al nuevo continente, una vez que hubo aterrizado en Nueva York, la multitud se precipitó a sus pies con tal pasión que gran número de personas fueron aplastadas y Jenny Lind hubo de alzar el brazo para protegerse de la vehemencia de los supervivientes, pronunciando estas famosas palabras: ¡No les hiráis! Éstos son mis amigos y han venido a verme. No sabría decir qué es más digno de encomio en esta frase, si el impulso repentino del corazón o la idea bella y poética que sugiere el ingenioso pensamiento. Los aplausos frenéticos alcanzaron la gloria. El director de la línea trasatlántica, el Sr. Collins, aguardó a Jenny en el rellano, armado con un enorme ramo de flores. Un arco del triunfo verde, en medio del muelle, cubierto con un águila rellena, aguardaba para darle la bienvenida. A medianoche, la orquesta de la Sociedad Filarmónica le ofreció una serenata y por espacio de dos horas la famosa cantante se vio obligada a permanecer ante su ventana, a pesar de la frialdad de la noche. Al día siguiente, el señor Baum, astuto empresario que había logrado encerrar en un jaula al ruiseñor sueco durante dos meses, la llevó al Museo y le mostró todos los lugares de interés turístico, por no hablar del episodio de la cacatúa o el orangután; finalmente, colocó un espejo ante los ojos de la diosa con exquisita galantería, a fin de que ésta pudiera admirar su belleza. Al salir del museo, un coro de jóvenes vestidas de blanco entonó himnos y arrojó guirnaldas a sus pies. Además, tuvo lugar una escena sorprendente: delfines y ballenas que, al parecer, habían recorrido más de ocho leguas, participaron en el triunfo de la nueva Galatea y siguieron su barco, lanzando chorros de agua perfumada por sus orificios nasales y agitándose convulsivamente en el puerto, desesperados por no poder acompañarla. Luego vimos gaviotas y otras aves silvestres que habitan las vastas soledades del océano, sin miedo a volar alrededor de la adorable, flotando a su alrededor y ofreciéndole los más elegantes arrullos. Los cañones tronaron, las campanas proclamaron el Hosanna y, a intervalos flagrantes, explosiones de fuegos artificiales sonaron en la inmensidad radiante de un cielo sin nubes. "



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