La bruja (fragmento)Jean de La Varende

La bruja (fragmento)

"No, no es apropiada la remembranza del maligno. Y sin embargo debemos procurar no olvidarlo. Después de todo, si numerosos son nuestros vicios y pecados que tanto agradan y estimulan la acción del príncipe de las tinieblas, la ortodoxia de la fe nunca ha excluido el milagro del exorcismo que aleja la presencia visible de Satanás entre la grey humana. El padre Vestris, un bretón amigo y confidente de Lady Morêtre, se tomó el tiempo necesario para conocer a los normandos, sus atrevidas fantasías y su refinada cultura y un día Pierre Reville le confió que todos se comportaban con amabilidad, aunque realmente no lo fueran, porque en la vida religiosa sólo quedan las observancias y las almas sólo laboran bajo el peso de la autoridad estatal. Nosotros administramos, pero no tratamos de evangelizar. Eso era propio más bien del siglo pasado y en la espiritualidad provinciana se le daba el nombre de santurronería. Pero, continuó el abad, la vida religiosa, créame, es una mala vida... e iré más allá. A pesar de la tradición, también el diablo se beneficia y usa el arma arrojadiza de los novicios. Los sacerdotes son reducidos a la inacción, a un hobbie arqueológico: abrumados por el paso del tiempo y la suavidad de una vida tranquila, muchos países ceden a las delicias del enemigo. Vetris evocaba siempre la presencia del enemigo, a la caza de las ánimas: El demonio es el mal que acecha en la luz, tras las arboledas, arrastrándose por los largos setos. Está en todas partes del país, con el hombre que sonríe a la joven. Es un maestro que halaga y disculpa las debilidades... El Diablo os da la bienvenida y pronto os vuelve la espalda. Ésta es la certeza verdadera de la presencia del maligno, que, según el sacerdote, explica el fallo súbito, la locura repentina, la extraña rebelión de las clases y la vacilación de la tierra. ¿Es acaso la culpa pesimista o la piedad demasiado romántica? Parece que el autor ha hecho suyas las ideas de su héroe, a juzgar por el lugar que ocupan en toda su obra estas influencias ocultas que le invitan a volver al príncipe de las tinieblas. No nos sorprende que en Shakespeare se mezclen la magia y el éxtasis del terror, ya que el privilegio de las artes diabólicas late en todas partes. ¿Sería legítimo, Arlette Morêtre, preservar estas presencias? ¿Hemos de dar crédito a los celos de la malicia popular? Una vez más escuchamos al abad Vestris conversando con su joven anfitriona en calidad de maestro, amigo y confidente, pero no aún como confesor. Si lady Morêtre hubiera tratado a su "pueblo" con el apasionado aire de una "Mater Dolorosa", muchos habrían sido los insultos. Además -y esto es grave-, el encanto de la joven atraía a los hombres, con la misma alegría que se acoge a un médico, pero esa amistad estaba maldita por la catástrofe de la pasión, que como una mala hierba se adueñaba de la mañana o del atardecer. Sí, las huellas de esta pasión desataban dramas incluso en las filas más humildes. La ruina de la desesperación y la voluntaria muerte sesgaba con su maldad finalmente a todas las almas. ¿Debemos suponer que tras la sonrisa de nuestra anfitriona yacía oculta la oscura sombra de la perdición? ¿Sembraba ésta en su camino la tribulación de la discordia? Ciertamente, las intenciones pueden ser buenas, pero se convirtieron en el pavimento del averno. Rezaba, por supuesto, pero en su vida Aria no tenía la gracia. "


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