Magdalena (fragmento)Zsolt Harsányi

Magdalena (fragmento)

"Entonces se sentó y comenzó a cantar, en lugar de desvestirse. En la otra habitación podía oírse el chasquido habitual de su madre quitándose el corsé y el ruido que causaban los ojales. Magdalena casi podía ver a su madre desnuda y frotándose sus caderas en la estancia vecina. Ése era el sueño de Magdalena: había estado soñando durante tres años en un corsé. Otras jovencitas de su edad ya habían usado esas prendas. Pero ella seguía siendo tratada como una niña. "Magdalena", gritó desde la otra habitación su madre. ¿Qué haces? ¿Por qué no te desvistes? De acuerdo, madre. Ella comenzó a desnudarse, dejó caer sus zapatos con la intención de que la madre supusiera que realmente se había desnudado. Después del baño, se vistió de nuevo y se puso ante el espejo. Ya se había puesto las medias y los zapatos y deslizó sobre sus hombros, tocados por largas trenzas, el chal de Rumburg. Su madre entró con una cinta métrica en la mano.
¿Qué te pasa? ¿No has dormido bien? ¡Tienes los ojos somnolientos! No, madre, realmente he dormido bien, pero tengo una ligera jaqueca. Ésa puede ser la razón. Te vas a beber un vaso de agua mineral, pero antes déjame que te enseñe algo. Adivina lo que tengo.
Magdalena, sorprendida, miró al rostro de su madre, notando una rara expresión: una emoción cálida y tierna. Cada una trató de leer el rostro de la otra. De repente Magdalena comenzó a llorar: "Me voy a poner un corsé". Su madre asintió, pero no dijo una sola palabra. Parecía como si también ella tratara de contener el llanto. Sus ojos estaban resplandecientes. Magdalena la abrazó. Mamá, querida, mi buena madre, estoy tan feliz, muchísimas gracias. Ella abrazó y besó a su madre, que le devolvió el gesto a su hija. Oh, sí, tontuela, cálmate, cálmate. He pospuesto este momento el mayor tiempo posible, pero ahora he de hacerlo. No tengo otra opción. ¿Cuánto mides ya? Ya tengo una hija adulta. Luego perdió su semblante. Pensando primero en el corsé de su hija, la señora Hubay prorrumpió en llanto. Y era realmente un acontecimiento especial, porque afectaba a los sentimientos maternales y cuando Magdalena trató de recordar el día en que vio llorar a su madre, tuvo que retrotraerse al instante de la comunión. Ahora ella también empezó a llorar. A continuación, las dos se rieron y se secaron las lágrimas: Ahora, mantente erguida. Ne pas bouge. A pie firme. Tomó la cinta métrica y midió las caderas y el busto de Magdalena. Encoge el vientre, ¿quieres? Un poco más. Todavía no es suficiente. Pero, mamá, me haces cosquillas. De acuerdo, no seas histriónica. Tu cintura tiene 52 cm. y las caderas y el busto, 62 cm. Lo que suponía. Voy a pedir el corsé hoy. Ahora vístete, por favor.
Salió de la habitación con un profundo suspiro. Un suspiro que denotaba tanto alegría por el desarrollo físico de su hija, como una sensación amarga de resignación con respecto a su propia juventud perdida. El problema del corsé había sido abordado demasiado tarde. Otras chicas llevaban corsé a la edad de quince años. Ella realmente no podía haber esperado más tiempo.
Magdalena continuó vistiéndose. Se sentía alegre. Ésta es una señal de Dios, pensó, y una novia necesita un corsé. Ahora, por fin, todo el mundo me tratará como a una adulta. Ahora podré compensar todos estos años sin corsé y sin vals. Otras niñas asistían a los valses a la edad de dieciséis años y muchas se casaban a los dieciocho. El grande y maravilloso amor llegará por fin también para mí.
Durante el almuerzo le dio la gran noticia a su padre: Papá, supón lo que me va a pasar en unos días. ¿Algo importante? ¿Algo hermoso? Sí, algo genial. No es genial, querida. Ésa es una palabra de la jerga que se usa en las grandes ciudades. Pero, me pregunto, qué te va a suceder. ¿Qué puede ser? No logro adivinarlo. ¿No te irás a casar?
Y cuando advirtió el profundo sonrojo de su hija, no pudo por menos de contener una estruendosa carcajada. No intentes adivinar, dijo la señora Hubay. Le he pedido un corsé de Budapest. La expresión facial del señor Hubay se alteró. Luego miró atentamente a su hija y la tomó de la mano. El tiempo pasa, querida. No puedo creer que mi niña esté ya en esa edad. Pero ha llegado tu tiempo. Hay una condición de mi parte: ese corsé debe ser el más hermoso y delicado de todo el mundo. Ha de ser lo suficientemente bueno para mi niña. Ya sabes, Tibor Szilagyi me dijo esta mañana, cuando lo acompañé a la estación, que eres la chica más guapa y sin duda lleva razón. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com