La faz de la tierra (fragmento)Juana Salabert

La faz de la tierra (fragmento)

"Hubiera dado cualquier cosa por volver a esos domingos de hastío y vajilla inglesa, pero ya me inyectaban algo en el antebrazo, ya una voz de hombre me instaba a dormir y a no pensar en nada. "Trate de descansar porque operaremos mañana, ahora no se puede, aunque no haya tomado sólidos, ha bebido agua y no se puede anestesiar hasta pasadas doce horas".
De todos modos no hubiera ido, ni aunque me arrastrasen a la viva fuerza hubiera ido a ese maldito panteón Urondo de verja rematada por escalofriantes palomas de forja.
Pero sí fui, con el brazo en cabestrillo, collarín al cuello y la cara tumefacta protegida por gafas oscuras de esquiadora al funeral organizado por mi cuñado Adrián, que se pasó media ceremonia observándonos , ora a mí ora a Álvaro, con la reticencia de quien intuye lo ocurrido y enseguida descarta semejante sospecha por inconcebible. Su hermano pequeño no, qué va, si ya de crío rehuía peleas y confrontaciones con prudente mesura de viejo y era de un temperamento tan pacífico que rozaba la abulia, menuda idea absurda, una auténtica locura, un soñador impenitente sin mucho o ningún empuje, eso fue siempre Alvarito; un ser bueno y débil, a veces incluso un poco inútil, a qué negarlo, pero violento no, imposible, rotundamente imposible. Yo lo quería mucho, a Adrián, de mi familia política era el único al que apreciaba de veras, el afecto y una cierta complicidad que nunca se sustentó en inexistentes gustos u opiniones comunes fueron mutuos desde nuestra primera charla, pero ese día no hubiera podido mantenerle la conmiserativa a nadie. Ni siquiera a Jonás, al que no avisé, aún tardaría meses en escribirle, muy por encima (¿acaso pueden contarse algunos hechos?) y casi que evadiéndola, la muerte inaudita de Román en pleno sueño. De modo que me escabullí de caricias y palabras, de la piedad sincera de Adrián y de mis compañeros del trabajo al que no regresé por baja facultativa de "fuerte depresión con sintomatología de estrés postraumático". Me acuerdo del instante en que avancé a solas, de espaldas al rosetón ardiente de azules, hacia la primera fila de bancos.
Pobre niño reclamado tan pronto por Dios, dijo muy alto la matriarca de los Urondo, aquella anciana descomunal de avaricia legendaria que ya no sería la bisabuela de mi hijo. En su meñique derecho relumbraba una repulsiva piedra verde y yo aparté mi mirada de la suya, acuosa y sagaz. Pensé en mi padre, fulminado a los pocos meses de mi boda por un derrame cerebral, y me dije que ya no me quedaba nadie en la ciudad de la infancia. Álvaro, que la noche anterior lloró durante horas rogándome perdón (pareció calmarse cuando al fin lo hice, por no seguir escuchándolo), era ya sin remedio un extraño, el enemigo insospechado e irreconciliable a la vuelta de la desgracia y del sino amargo de las cosas, la mueca hostil y secreta revelada de golpe. Pero sin duda siempre lo fue y yo (pero tampoco él mismo) no supe preverlo, anticiparlo en esos días primeros de dicha con sus rendidas horas de agotamiento, en todo ese tiempo en que el implacable minutero del amor ya giraba en mi contra. "



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