Memorias: mi medio siglo se confiesa a medias (fragmento)César González Ruano

Memorias: mi medio siglo se confiesa a medias (fragmento)

"He llegado hasta 1930 y quiero volver un año atrás para consignar el primer dolor serio de mi vida: la muerte de mi padre en la mañana del día 2 de febrero de 1929.
Mi padre fue mucho en mi existencia y su inesperada muerte repentina sigue aún siendo, para mí, un hondo pesar de difícil desconsuelo.
Yo vivía entonces en la calle de Manuel Cortina y por las mañanas, cuando no iba a escribir al Café de Gijón, me quedaba en un pequeño bar que aún existe en la calle de Santa Engracia, esquina a la plaza de Chamberí. A este bar venía algunas veces don Antonio Machado y más de una le vi acompañado de una muchacha joven con aspecto modesto que debía ser un amorío tristón de don Antonio. Otras veces, en este mismo bar, Julio Fuertes -que era en este tiempo mi amigo inseparable- y yo le veíamos a Machado escribir alguna poesía. Escribía muy lento, sin duda un solo verso, y luego pensaba largo tiempo hasta posar unos segundos el lápiz en el papel. Le vimos también -cosa inexplicable, pero cierta- contar con los dedos maquinalmente las sílabas. A este bar vinieron a decirme que mi padre se había puesto muy mal y que fuera en seguida a verle. Corrí hasta nuestra casa de la calle del Conde de Xiquena y cuando llegué ya encontré cerrada la media puerta del portal.
Mis reacciones ante la muerte de mi padre fueron extrañas. Primero sentí una ira terrible. Luego me deprimí y no quise entrar en la alcoba donde acababa de morir cuando pensaba normalmente levantarse. Tampoco quise verle en el ataúd. Quería guardar de él la idea del padre vivo y no la impresión del hombre muerto.
Le amortajó mi madre ayudada por Julio Fuertes. Inexplicablemente para mí mismo yo me encontraba muy tranquilo y dormí bien toda la noche. A la mañana siguiente me contrarió no poder ir al café y tener que estar recibiendo insufribles visitas de amigos de la casa. Por la tarde fue el entierro, al que tampoco asistí. Ni lloré ni hice ninguna escena, cosas ambas que temí cuando me vinieron a dar la noticia. Me ayudaba también la entereza de mi madre, que cuando lo sacaron no movió un músculo de la cara. En cambio, días después, cuando nos decidimos a abrir los cajones de la mesa de su despacho, a la vista de aquel mundo pequeñito y ordenado de cajas de plumas, de gomas de borrar, de lápices, creí que me iba a caer redondo, y cuando apareció mi navaja de plata con la que él me afilaba los lápices de niño, me eché a llorar ruidosamente sin lograrme contener ni la presencia de mi madre, a quien no quería dar aquel espectáculo. ¡Siempre las pequeñas cosas! ¡Siempre esta incapacidad para entender lo grande, lo importante, lo que le dice algo a cualquiera, y, a cambio de ello, esta sensibilidad del detalle menor!
Mi madre se quedó sola en la casa desde el primer momento. No quiso ir con nadie. Y por cierto que ella entendía también de estas cosas a su modo, porque la primera noche se pasó a dormir a la cama donde había muerto mi padre "porque le daba tristeza, durmiendo en la suya, ver la otra vacía".
Ante algo tan serio como la muerte de un ser querido, cada uno reacciona según sus misterios insobornables y quizá ni como quisiera ni como creyera teóricamente. A mí, la muerte y los muertos me han producido siempre espanto y una sensación de fallo personal, como si yo estuviera en ridículo, porque se me hubiera muerto un ser de mi sangre, como si yo fuera ante los ojos de los demás un ser tan débil y tan pobre que no pudo evitar que el otro ser muriera. La muerte me ha producido también ira, una terrible ira para la que he procurado, sin demasiado éxito, buscar todos los consuelos mentales de la religión y aun de la fatalidad. "



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