En busca de Klingsor (fragmento)Jorge Volpi

En busca de Klingsor (fragmento)

"La ciencia es un juego, pero un juego con la realidad, un juego con los cuchillos afilados...Si alguien corta con cuidado una imagen en mil trozos, puedes resolver el rompecabezas si vuelves a colocar las piezas en su sitio. En un juego científico, tu rival es el Buen Señor. No sólo ha dispuesto el juego, sino también las reglas, aunque éstas no sean del todo conocidas. Ha dejado la mitad para que tú las descubras o las determines. Un experimento es la espada templada que puedes empuñar con éxito contra los espíritus de la oscuridad pero que también puede derrotarte vergonzosamente. La incertidumbre radica en cuántas reglas ha creado el propio Dios de forma permanente y cuántas parecen provocadas por tu inercia mental; la solución sólo se vuelve posible mediante la superación de este límite. Tal vez esto sea lo más apasionante del juego. Porque, en tal caso, luchas contra la frontera imaginaria entre Dios y tú, una frontera que quizás no exista. Erwin Schrödinger.
"Un error mío", musitó Charles la primera vez que perdió, encendiendo un habano para demostrar su espíritu deportivo, "aunque de cualquier modo no jugaste mal". Pero al día siguiente no esperó a que su hijo lo invitase al tablero. Al regresar de la escuela -entonces ya había cumplido los ocho años-, el chico lo encontró acomodando las piezas sobre el tablero, no sin antes limpiarlas con un paño como si le pasase revista a un escuadrón insubordinado. "¿Empezamos?" Frank aceptó; arrojó su mochila al suelo y se dispuso a encarar no ya una batalla, sino una guerra a muerte. Después de varias horas, el saldo final beneficiaba al más joven: ganó la primera, la tercera, la cuarta y la quinta partidas. El ofuscado padre, sólo la segunda y la sexta, aunque al menos se reservó el consuelo de ser el último en triunfar, aduciendo que era muy tarde y tenía mejores cosas que hacer.
Frank descubrió el significado de obtener una victoria pírrica en este rasgo autocomplaciente de su padre. La paulatina serie de descalabros que Charles comenzó a sufrir no hizo sino acrecentar la acidez de su temperamento y, a la larga, contribuyó a la depresión crónica que lo aquejaría meses más tarde. Al abatirlo, Frank observaba la mirada impotente del viejo y no podía dejar de regocijarse en esa mínima revancha. Pero el ánimo de su padre no estaba diseñado para soportar la vergüenza. Después de un año en el cual su porcentaje de pérdidas superaba con mucho al de sus aciertos, decidió no volver a enfrentarse a su hijo. Unos meses más tarde, Charles murió de un infarto. Frank nunca supo si aquel hombre, receloso y mezquino, en alguna ocasión se había sentido orgulloso de él. Hasta los nueve años, su nombre nunca le había incomodado. Su madre siempre lo llamaba Frank o Frankie, en su afán por integrarlo a la frívola sociedad de Nueva Jersey y, desde la muerte de su padre, nadie había vuelto a mencionar ese molesto Percy que se había entrometido en su fe bautismal. Sólo los documentos oficiales, donde debía cargar con la inicial P. como si se tratase de una marca de infamia, le hacían esperar que nadie le preguntase por su significado. En el colegio todo cambió. Un maestro del primer curso fue el primero en notarlo. "¿Francis Bacon?", exclamó en voz alta, casi riendo. "Sí", repuso él, sin comprender qué ocurría. Su deseo de pasar inadvertido resultó inútil. A partir de ese momento tuvo que soportar que profesores y alumnos, al encontrar su nombre al inicio de curso, se divirtiesen a su costa.
Al principio, constatar que su nombre no era único no le pareció tan grave: muchos Johns y Maries y Roberts le servían de consuelo. Incluso, el segundo esposo de su madre se llamaba Tobías Smith, y él no parecía molesto de compartir su apellido con miles de compatriotas. "¿Supongo que usted también será un genio, señor Bacon?", le preguntaban con sorna. Lo peor era que él creía que era cierto. Pero ¿quién iba a aceptar que un segundo Francis Bacon pudiese ser un científico brillante? La primera coincidencia parecía desterrar para siempre la idea de que aconteciera una segunda, más improbable todavía. Él trataba de defenderse, demostrando sus habilidades pero, al escuchar la soberbia con la cual presentaba los resultados que había obtenido, sus preceptores no podían contener la risa. Era como si quisieran convencerlo de que su destreza era una excentricidad o una manía y no un genuino talento. En cualquier caso, no dudaban en compararlo con el verdadero Bacon, como si él no fuese más que la errabunda y apócrifa copia de un original perdido. Decir que la infancia y la adolescencia de Bacon fueron solitarias, sería casi un eufemismo. Demasiado consciente de los atributos que lo diferenciaban de los demás, se mostraba reacio a cualquier contacto humano fuera de lo estrictamente indispensable. Sus constantes migrañas, que lo sumían en un estado de catatonía en el cual no soportaba la luz ni el ruido, tampoco hacían que la convivencia con él fuese sencilla. Pasaba incontables horas en su habitación, pergeñando fórmulas y teoremas, hasta que el padrastro subía en busca suya y lo bajaba al comedor casi arrastrando. Su madre casi estaba arrepentida de haberle enseñado a contar: no sólo era impertinente y obcecado, sino intolerante con todos aquellos que no estaban a la altura de su inteligencia. "



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