Juego de cartas (fragmento)Mauricio Electorat

Juego de cartas (fragmento)

"El tren llegó un poco antes de las siete de la mañana a la estación de Austerlitz. Yo me bajé con los ojos pesados de sueño, legañas y un cosquilleo en el hueco del estómago que era como se manifestaba esa especie de enfermedad en que se había transformado la necesidad de conocer por fin tu cuerpo, Patricia ("un cuerpo grande y dorado"), de perderme en tu melena rubia y naufragar en tus ojos, esos ojos a los que tú atribuías en tus cartas la serenidad y el color azul ceniza de un lago rodeado de montañas. Sé que cualquiera de ustedes hubiese sospechado la exageración, por no decir la megalomanía y hasta la locura, detrás de tanta belleza autodescriptiva; cualquiera que no lleve esta vida dedicada al estudio de los clásicos latinos, al huerto y a la traducción de esas obras menores del surrealismo que ellos llaman informes técnicos: el acuerdo europeo sobre el precio de la última cosecha de tomates, las cuotas de producción de pernos con doble refuerzo y ranura en cruz, en fin, cosas de otro mundo. Tantos años de hortalizas y máximas latinas, reconozco, deben haber deformado mi carácter. Pero antes de presentar el informe anual sobre los trabajos de nuestra Comisión, deseo agradecer la hospitalidad de esta Organización que nos acoge hoy día en esta bella ciudad de París y puntualizar que detesto cordialmente sus calles llenas de gente apurada y con perros, y que volver a encerrarme en esta cabina de interpretación de nueve a seis era la única posibilidad de hundirme en tu cuerpo, Patricia, tantas veces imaginado por carta, teléfono y hasta telegramas, junto con desear la enhorabuena por su incorporación a nuestro Comité Ejecutivo a los embajadores Amhed-al-Tarouk-al-Tassá y Serguei Komissariov, en representación de los Emiratos Árabes Unidos y de la Unión Soviética, respectivamente. Aplausos. Cierro el micrófono un segundo. Un trago de agua. La verdad es que me había imaginado tantas veces dos diplomáticos de vasta experiencia en foros internacionales desembarcando en el atelier de la rue Jules Chaplain, después de haber consumido un buen desayuno en algún bar cercano a la estación, entre señoras con maletas y obreros y gente trasnochada, cuya presencia en el seno de nuestro Comité no podrá sino tener efectos benéficos para el desarrollo de nuestra lenta y muchas veces complicada tarea. Aunque en vez de hacer parar un taxi o subirme al metro dejé pasar el primer día encerrado en la habitación de un hotel que era la versión más perfecta del purgatorio para viajantes de comercio. Un lugar con exceso de calefacción y plantas sintéticas, en donde lo mejor que a uno le podía pasar era dedicar un emocionado recuerdo a la memoria del señor Vela, nuestro anterior Presidente, recientemente fallecido en trágicas circunstancias, descubrir que el quiste en la ingle ha aumentado de tamaño o caer fulminado por un ataque de epilepsia sobre la moqueta a rayas rojas y verdes, delante de dos recepcionistas, y las dos pobres chicas cómo iban a adivinar que en realidad eran nervios, que me temblaban un poco las piernas y no quería confesármelo mucho porque por fin iba a poder encontrarme con la mirada plácida que disfrutaba por sobre todas las cosas con las lentas horas del atardecer junto a un libro y al fuego de una chimenea, Patricia, la misma que me había apresurado a construir en casa y que ahora se iba a quedar apagada para siempre si yo no sabía estar a la altura de hombres como el señor Vela que habían puesto su vida y su talento al servicio de nuestra Organización. "


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