Visitas nocturnas (fragmento)Josip Novakovich

Visitas nocturnas (fragmento)

"No les dije que unos días antes había chocado contra un ciervo enorme y con una cornamenta majestuosa. Iba frotándome los ojos después de un día interminable en la biblioteca, e intentando desempañar el parabrisas, cuando, de golpe, Su Majestad se introdujo de un salto en mi borrosa visión. Frené y viré bruscamente a la izquierda, dado que el bicho ya iba hacia la derecha. Oí un ruido sordo. ¿Contra qué parte del cuerpo del ciervo había chocado? ¿Las patas? ¿Las pezuñas, que podrían haber estado en pleno vuelo después del salto? De todas formas, el coche siguió andando, y yo estaba seguro de que el ciervo estaba vivo. No pensaba cazarlo. Puesto que era temporada oficial de caza del ciervo, sabía que alguien terminaría cogiéndolo. Además, ¿a mí qué me importaba la vida de esa bestia ahora que el coche se había quedado totalmente a oscuras? No conseguía ver el cuentakilómetros, y los faros arrojaban sobre el asfalto una luz tan tenue, que parecían linternas en lugar de faros delanteros. Cuando llegué a casa vi que la capota estaba abollada. Aunque no parecía que fuese para tanto, el tipo del taller mecánico barato le calculó unos trescientos pavos. ¡Trescientos pavos por hacer el pavo y atropellar a ese bicho! Como tenía un Toyota Sentra, creía poder arreglarlo por menos si encontraba los faros y los otros recambios en una chatarrería, pero a todas las que fui se les habían acabado las piezas que necesitaba.
El faro derecho de Marietta se había roto de otra manera, pero por la misma causa: tratar de esquivar a un ciervo.
¿Volvíais de una fiesta?, pregunté ¿Borrachas? Perdonad que os haga esta pregunta.
No, qué va, dijo la otra, borrachas no. Sólo unas cuatro o cinco cervezas cada una.
Para mí sería bastante, dije. Entonces ¿no habéis ido a una fiesta?
No, buscábamos la casa de mi tía, dijo Marietta. Creía saber más o menos dónde quedaba, pero nos perdimos y seguimos por estas carreteras secundarias, sin tener ni idea de cómo salir de semejante laberinto.
¿Y hasta las cuatro de la mañana os llevó llegar aquí? ¿A qué hora salisteis? (Si uno se pierde, ¿cuánto tiempo soporta estar perdido? Supongamos que empezaron a buscar la casa de la tía a las diez, más o menos la última hora decente para salir a buscar a una tía; son seis horas dando vueltas. No me olía bien, pero qué más daba. Mejor trágate el cuento, pensé.)
A ver... Paramos para comprar tabaco. ¿Qué más hicimos, Shelly?
El café ya estaba listo y se los serví muy orgulloso.
Joder, qué buen café. ¡Está riquísimo! Eso lo dijo Shelly, pero no vi que lo probase. Dejó la taza al lado de la mecedora en que se había sentado.
Gracias, dije. ¿Por qué no pruebas ese número otra vez?
Vale, dijo Marietta, y Shelly dijo, ¿Te importa si voy al coche a buscar el tabaco y las cervezas?
Me importaba, pero dije, No, no me importa.
¿A quién quieres llamar?
A mi ex.
Debe de ser un buen ex si puedes llamarlo para pedirle ayuda a las cuatro de la mañana.
Sí, para algunas cosas es muy bueno. Pero es un auténtico imbécil. Me cae mal. Me alegra que vayan a darnos el divorcio.
¿Sigues casada? (¿Qué me importaban a mí esos detalles?, me pregunté.)
Sólo sobre el papel. Estamos separados. Espero no verlo nunca más.
Pero ahora sí quieres verlo.
Ahora sí. Me gustaría conocer a más gente a la que poder llamar, pero ése era precisamente el problema... No quería que yo tuviera amistades. ¡Imbécil!
Shelly volvió con el pack de seis cervezas –mejor dicho, las cuatro que quedaban
Budweiser Lite. Se me revolvió el estómago al imaginar lo insípida que sabría esa cerveza. Nada de cuerpo como la Urquell o la cerveza de los monjes trapistas. Pero reconocí que mi actitud era esnob y, sintiéndome momentáneamente avergonzado, no me importó nada oír el ruidito de la lata cuando se abrió. A decir verdad, disfruté del aroma de la espuma fresca y ligera de la levadura. "



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