Nevaba (fragmento)Patrick Rambaud

Nevaba (fragmento)

"El fuego asediaba la iglesia de piedra donde se habían refugiado los comediantes. Los adoquines de la gran plaza aislaban el edificio de las casas que ardían; como no había nada que consumir, el fuego se detuvo antes del atrio, pero el calor sofocante impedía asomar la nariz. Envueltas en sus manteles, Ornella y su amiga Catherine habían intentado dar algunos pasos sobre los peldaños calientes, afuera, antes de entrar de nuevo a toda prisa, empapadas de sudor. Tenían hambre, sí, como el resto de sus compañeros, pero aún tenían más sed y necesitaban agua para remojarse la lengua y la garganta, ya ni salivaban. El capitán D'Herbigny les había ofrecido el tonel de aguardiente como regalo de despedida, pero el alcohol engaña la sed sin aplacarla, y no había forma de llegar al río o al lago que conocía madame Aurore en dirección al oeste, de donde procedía el viento. Habían sorprendido al gran Vialatoux con la cabeza dentro de una pila bautismal, se había bebido el agua salobre a lengüetadas y se retorcía de dolor de barriga sobre las baldosas. Madame Aurore había impedido que su joven galán se comiera los cirios para que no le entrara más sed. Esperaban un milagro, la lluvia, o que el incendio fuera remitiendo a falta de combustible. ¿Aguantarían sin beber? Anhelaban una tormenta, la invocaban, pero a su alrededor no había más que derrumbamientos, el chirrido de las vigas, el crepitar de las llamas, los gritos de los hombres y de las bestias atrapados por el fuego. Un vitral cuyo emplomado se había fundido se hizo añicos al pie de una columna; un cristal azul arañó el hombro de Ornella.
Madame Aurore racionó el aguardiente en cubiletes, medios cubiletes y cuartos de cubilete: había que humedecerse los labios, el espirituoso al menos permitía olvidar la tragedia, o deformarla. ¿Era de noche o de día? Un cielo de carbonilla impedía tanto el paso de los rayos del sol como el resplandor de la luna; sólo el fulgor del fuego, anaranjado y cambiante, iluminaba el rosetón, desplazaba las sombras sobre los tabiques y los iconos de plata labrada. Los cirios se habían extinguido. Los comediantes sobrevivían en una penumbra amarillenta, extenuados y tumbados en el suelo. Acurrucada, con los brazos alrededor de sus rodillas encogidas, Ornella miraba fijamente el retrato en relieve de un santo muy barbudo; el rostro destacaba sobre un fondo incrustado de pedrería; tenía los ojos almendrados, el semblante severo. Le parecía ver cómo se le movían los labios, que iba a decirle algo, una oración, que iba a salir del marco y llevarla con él. Empezó a tener alucinaciones. Creyó estar en el infierno. Las nervaduras de la bóveda se balanceaban como ramas, los pilares se convertían en haces de leña. Incluso vio a un gigante de piel negra, con un tocado de piel clara de osezno, con una túnica dorada y hombreras que aumentaban la anchura de sus hombros. El demonio avanzaba, avanzaba, la levantó sin que ella consiguiera reaccionar y se la llevó con un ruido de pasos determinados y sonoros. Se llamaba Otelo, era el enorme negro que Murat se había traído de Egipto y que le servía de montero de caza. En un paisaje de cenizas y brasas, el rey de Nápoles se erguía en su caballo en medio de la plaza humeante, un muchacho muy bello, el pelo largo y ondulado bajo un sombrero polonés de plumas, abrigo verde con remates de plata, una piel de tigre bajo las nalgas y botas amarillas. Le rodeaban los vélites de su guardia. "



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