El tesoro de Morgan (fragmento)Robert Margerit

El tesoro de Morgan (fragmento)

"Mas todos soñábamos. Con la mar haciendo desaparecer nuestras preocupaciones y la vida que llevábamos, que nos volvía tan feroces como ingenuos, nos quedaba tiempo suficiente para soñar indefinidamente.
Si dos años atrás, cuando Bill Burke, el contramaestre, me hizo salir de la cámara de Flint para que firmara el contrato de fletamento (que era la ley del navío), me hubieran descrito la clase de vida que me aguardaba, no lo habría creído.
Pero, a excepción de las sobrias palabras del capitán designando mis funciones, nadie se encargó de decirme en qué consistía la rutina del mar. Bill me instruyó sin orden ni concierto sobre los rudimentos del oficio. Brice Coquelle me enseñó sus normas esenciales y así aprendí a determinar la altura de una estrella con el cuadrante y a trazar el derrotero en la carta de marear. El resto, lo aprendí yo solo mirando cómo lo hacían los demás. Imitaba sus gestos para agarrar los brandales que forman las escalas de viento. Ellos las subían corriendo, como si fueran escaleras. Yo remedaba la crispación de los dedos de sus pies para aferrarme al marchapié, es decir, un cabo afirmado al palo horizontal en el que se enverga la vela por el grátil, y que pende a lo largo de las vergas a manera de festón. El día que los vi empuñar las hachas de abordaje para asaltar la cubierta de un barco al que dábamos caza desde por la mañana, también los imité. Me batí como ellos porque ellos se batían. Le cogí el gusto a la lucha. Cada vez que asestaba una estocada con mi acero reluciente, pensaba en la tía Cathy, en la gente que necesitaba saberme culpable y en el verdugo que tan a conciencia cumplía con su oficio. Después de ese primer combate, redacté el inventario del botín y calculé las partes que tocaban según las reglas estipuladas en el contrato de fletamento. Por lo general, esa era mi función como cronista de a bordo entre los caballeros de fortuna.
Lo que atañía a la lucha podía haberlo imaginado. Lo que sobrepasaba cualquier previsión era la monótona vacuidad de los días transcurridos en una rutina cuyos detalles se borraban en un perpetuo retorno; ese eterno vagar sobre una marca si inmutablemente serena, a ratos con alguna turbonada, que se iba tan de repente como venía, donde de pronto parecía que el viento y las olas habían decidido suprimir nuestro impertinente cascarón de nuez, o, las más de las veces, en medio de la calma chicha de los tórridos mares ecuatoriales, con el navío abandonado a su propia suerte, inmóvil sobre su reflejo como una casa en medio de un lago. Nuestra vida era un débil rescoldo entre las cenizas; se consumía sin pena ni gloria en la repetición de los mismos gestos, arrastrándose lentamente entre el zafiro del cielo y el esmeralda de las aguas. "



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