Luto de miel (fragmento)Franck Thilliez

Luto de miel (fragmento)

"El silencio de las cosas muertas me asaltó. Nada de viento, ningún movimiento, menos luz todavía. Atajé por la pared del abetal, salvé un portal bloqueado para aterrizar sobre un césped que había crecido bien. Bajo el rumor de mis pasos, la rodilla golpeó un montículo de madera, del que rondaba un olor que conocía demasiado bien...
Putrefacción. Mi caja torácica no necesitó más para retraerse contra los pulmones. Uno nunca se acostumbra a esas cosas... Una caseta había sido devastada, destruida. Planchas desclavadas por todo el jardín. Arrancadas por una fuerza sobrehumana. Bajo la mordedura del haz de luz abría el andamiaje de un dóberman, que albergaba extraños huéspedes. Larvas hinchadas, moscas hartas. Un enjambre de muerte me rozó el rostro. De un mal reflejo, estuve a punto de gritar.
Visto el comité de bienvenida, no me equivocaba de dirección... ¿Qué me reservaba el interior? Un viento ligero subió a las cimas. Las grandes manos de corteza, por todo alrededor, hicieron rodar su negrura sobre el suelo. La impresión de que las ramas iban a cerrarse sobre mí... Penetrar por efracción, sin orden judicial, podía causarme serios problemas, sin olvidar el asunto Patrick Chartreux, que ya había afilado los dientes del comisario de dimisión.
Así que marqué el número del servicio de guardia, esperé a que sonara dos veces y colgué cuando el pomo de entrada giró, bajo el impulso de la muñeca. Chirrido de puerta... El ataque fue fulgurante.
Patas ciegas sobre las sienes. Raspados de alas sobre las mejillas... Por todas partes, vibraciones.
En un primer momento, al observar las paredes con la linterna, pensé que se trataba de moho, de tan minúsculos e innombrables que eran.
Mosquitos.
Surgían de todas partes, se precipitaban sobre el raíl de fotones en un bullicio de multitud presa del pánico. Racimos negruznos se descolgaban antes de dispersarse en frescos alados. Los más hambrientos ya me chupaban la sangre de los antebrazos. Aplasté una buena cantidad al dirigirme hacia las otras habitaciones. Cocina, salón, cuarto de baño... Nadie. Ningún cuerpo, ningún olor, ningún desorden.
Encendí la luz del comedor. Los insectos se arremolinaban sobre la araña, algunos se asaban. Los más atrevidos preferían el contacto de mi mano a la hambruna. ¡Estúpidos insectos! Avancé haciendo aspavientos. En la pared, una foto. Una pareja, abrazada a orillas de una playa. Larga cabellera morena para ella, tripa incipiente para él.
Me acerqué a la instantánea. No había duda... Delante de mí, la mujer acurrucada del confesionario. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com