El ángel rojo (fragmento)Franck Thilliez

El ángel rojo (fragmento)

"Los resplandores sofocados de la ciudad ya sólo dejaban vislumbrar una aurora difusa, esparcida al ras de las largas extensiones rectangulares de los campos. Cada vez más, la oscuridad se inmiscuía en los intersticios hojosos de los árboles, caía lentamente sobre la chapa del coche, a veces cubría la luz oblicua de los faros con sus finas serpientes de bruma. Delante, más al norte, el halo anaranjado de Pacy-sur-Eure desconchaba el horizonte con una puesta de sol resplandeciente. Como me había indicado Barba de Espuma, encontré, tras el cruce de dos carreteras departamentales, la municipal C15, que seguí durante tres kilómetros antes de entrar en una carretera más estrecha, señalizada como callejón sin salida. Una vieja verja oxidada, cerrada con varios candados, se recortó frente al haz luminoso de los faros. Aparqué en el arcén, hundí las ruedas de la berlina en el corazón de una vegetación de jardín sucio y, una vez apagado el contacto, cogí la pesada linterna y mi Glock 21. El riel de las potentes farolas que enmarcaban la autopista A13, a poca distancia del edificio, dibujaba un retrato en sepia, con un juego de sombras, del lugar desolador: grandes avenidas vacías invadidas por un abundante erial de ortigas y hierbas silvestres. Bajo mis pies, el agua estancada abandonada por las lluvias de la semana pasada se pudría en charcos poco profundos, matizados por el gris mercurio de los reflejos de la luna. Me deslicé por uno de los numerosos agujeros que se abrían en la reja, como debían de haberlo hecho, a pesar del peligro de multa claramente señalizado, decenas de curiosos ávidos de tocar con el dedo la materialización sangrienta de sus terrores.
El bloque macizo del edificio de ladrillo, acero y azulejos, sombra en la sombra, se alargaba sobre la extensión resquebrajada del asfalto negro, como un buque transatlántico en peligro de naufragio en un océano de soledad. Una mezcla sutil de angustia y miedos infantiles, de recuerdos surgidos de la nada, me hizo un nudo en la garganta, ralentizó de forma sutil mi progresión, me restó seguridad. No sabía si llamar al policía de guardia en la brigada o molestar a Sibersky para que se reuniese conmigo, pero seguían asaltándome demasiadas dudas. Así que decidí dar una primera ojeada de reconocimiento en solitario. "



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