Inmortalidad (fragmento)Amos Bronson Alcott

Inmortalidad (fragmento)

"Si la inmortalidad es inherente a los objetos consuetudinarios con los que estamos familiarizados, éstos estarían revestidos de lazos de parentesco propios de los seres animados y atestiguarían nuestra perdurable fe en la imposibilidad de ser escindidos para siempre, permaneciendo inconmovibles y sobreviviendo a todos los cambios sufridos por nuestros cuerpos.
"El amor profundo, halo divino en nosotros, todavía cree que los objetos son inmortales como la propia divinidad".
Aunque nuestros cuerpos contengan el receptáculo de las ánimas, ninguno contempla en rigor la visión del aura que le sobrevive. Los espíritus, disturbados, permanecen sobre sus tumbas antes de morir y de que los muertos entierren a sus muertos, sin consuelo, ya que carecen de órganos, de la carne de la que una vez fueron revestidos.
Por otro lado, nuestros imperecederos deseos afirman el carácter perenne de nuestro ser. El anhelo de entera satisfacción, inquebrantable ante la sucesión de decepciones, es eterno como la esperanza en el hallazgo de nuestra propia divinidad. La esencia infinita anhela la omnipotencia de lo ilimitado, libre de cualquier obstáculo temporal o temperamental, garantía de la longevidad e infinitud de nuestra alma.
Así que la duración de los imperios, de los genios, de los santos, constituyen magníficos ejemplos de la dura pugna en pro de la verdadera libertad, de una influencia más amplia, que se esfuerza en reprimir los confines del tiempo y el espacio, algo que ningún instinto puede someter ni mucho menos apaciguar.
-Toma, hijo mío, dijo el padre. Te concedo inteligencia para obtener el pan; que tus ansias usen adecuadamente el cebo. Luego habrás de pedir más.
Todo tiende a su propia perfección y la inquietud rige la senda hasta que aquélla se alcanza, como tiembla la aguja hasta hallar su norte. Este saber es tan innato como lo es el deseo. Incluso la naturaleza inanimada, mientras ignora su cualidad perfectible, tiende hacia ella por un impulso ciego. Se presiente como fue el caso del ser humano antes de probar la manzana. Las delicias y deseos que anteceden las postrimerías de una larga vida devienen en recuerdos de la ulterior dicha. Cuanto más exquisitos sean estos goces, tanto más transitorios y efímeros. No podemos abandonar las lindes de nuestro paraíso ni permanecer hasta que las puertas de la felicidad se cierren o se abran. "



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