Otoño en BrisgoviaMarie Luise Kaschnitz

Otoño en Brisgovia

"A tres pasos de mi casa paterna
salté sobre mi sombra.
Pendían allí los tejados cumbrera abajo en el azul
los tilos arraigaban en el lecho de nubes
los muertos levantaban vuelo desde la viña
extrañas aves.

Vestido con la lana gris de la clemátide
desciende el otoño de la altura.
Está sentado al lado de los niños junto al fuego en el prado.
Ellos asan las ranas
ellos quebrantan los muslos
ellos sacan cuando anochece
de la negra silvestre hojarasca de la papa
chispas como estrellas.
El vórtice de las golondrinas es más fuerte que todo lo otro
del prado centelleante alza extendiendo el atemporal
y las nieblas que vienen y huyen.
Porque los estorninos gritaron tan alto en el cielo
abandonan las abejas la hiedra
y las vacas la huerta de manzanas
las hojas del tilo se dejan caer
y las hojas de las rosas.
Un tren saliendo de la aldea
los gigantescos girasoles por delante
las negras silvestres medusas.

Hacia el peñasco en el bosque asciende la niebla.
Entierra en la ladera las hayas y la vid.
Donde por lo común se entrelazan las raíces hirsutas
penden jarcias grises de las arandelas de hierro.
Valvas petrificadas se tiñen de tonos opalinos
por sobre el mar llegan los veleros perdidos
y niños van a dormir en la gruta.
Tenues esqueletos se tienden a descansar.

En la hondonada avanza la pequeña procesión
Jesús tallado en madera
sobre el asno tallado en madera.
Jesús con mejillas rosadas
las rueditas chirrían y cantan
una corona para mí una corona para ti
del rojo agracejo.

En el surtidor cae la noche
como una piedra del cielo.
Golpea al angelote en el ancho rostro,
le desprende hacia abajo los rizos.
Sobre la rosa la vacilante sonrisa
flotan los peces muertos.

En el este verde está parado el príncipe del mundo
la flor en la mano.
En el oeste rojo asciende con manos de lirio
la carne hacia el cielo.
Mi lecho la madera leve
flota en la corriente cubierta de arena.
Los relojes repican. No hay lapso válido. "



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