Los imperfectos (fragmento)Reinhard Jirgl

Los imperfectos (fragmento)

"Nadie tenía un destino para ella..... Hanna rechazó, escandalizada, y tuvieron que reincorporarse a la caravana del éxodo, hacinarse de nuevo en vagones de mercancías durante días y noches: de Múnich a Dresde, Leipzig y luego a Magdeburgo.
Y las estaciones y salas de espera ¡llenas de gente!, había que pasar por encima de las personas de lo llenas que estaban y el aire, asfixiante, como para cortarlo con tijeras, ¡suciedad y sabandijas, ¡por todas partes! Hoy nadie se lo imagina. Estuve a punto de vomitar, además no habíamos comido en quién sabe cuánto tiempo y no podíamos lavarnos en ninguna parte. No aguanté más allí dentro. En aquel entonces todavía se picaban los billetes para poder pasar al andén, pero yo le pregunté al de la gorra roja si me dejaba sentar fuera. Más vale que se quede aquí dentro con su familia señorita, me dijo el hombre, porque fuera estaban los rusos. Los rusos y las mujeres. Después en el tren todas las ventanillas tenían los cristales rotos. Habían hecho leña de los marcos y los bancos. Tuvimos que estar de pie horas y horas, cuando llevabas unos minutos acurrucado en el suelo, alguien te hacía levantarte de un tirón o bien te pisaba porque también quería sentarse. Así durante horas, días y noches. De repente el tren se paró. Como si hubiéramos chocado con ¿algo? Gran confusión, bultos de equipaje que nos caían encima, la gente gritando. ¡¿Qué pasa?! Acabábamos de cruzar por debajo de un puente y uno de los soldados que viajaban sentados en el techo de los vagones, pues todos estaban triunfantes y bebían mucho, se había estrellado contra el puente durante la marcha y el puente lo había barrido del vagón.
De pronto pitidos, voces. Los soldados checos que custodiaban el convoy bramaban TODOS ¡FUERA! ¡FUERA DE LOS VAGONES! ¡HATAJO DE CERDOS! Entonces nos levantamos y saltamos a la grava.
Y fuera los checos con sus fusiles apuntándonos y gritando y corriendo de un lado a otro. El soldado estaba tirado junto a la vía, ya no se movía, la grava y los rieles llenos de sangre. Un hombre del transporte iba a acercarse a ayudarle, pero un checo lo encañonó, pensando, sin duda, que quería hacerle mal al que estaba tumbado. El checo rugía y agitaba su rifle, UNO DE CADA SEIS SERÁ ¡FUSILADO! Tuvimos que ponernos en fila y arrodillarnos con los brazos en alto en la cuneta que bordeaba la vía. Entonces pensé ¡Ahora se acabó! Hasta aquí he llegado. Es el fin. Pero poco después nos ordenaron ¡VOLVER A LOS VAGONES! ¡DEPRISA, DEPRISA! Llegamos hasta Magdeburgo. El soldado checo se murió antes de que atravesáramos la frontera. La vida seguía. "



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