Yvain, el caballero del león (fragmento)Felicitas Hoppe

Yvain, el caballero del león (fragmento)

"Pero así y todo algo era diferente. Y ahora les cuento qué. Eran los rostros de las personas, que no parecían rostros de personas sino máscaras. Eran rostros en los que no había nada para ver: ni alegría ni tristeza. No había absolutamente nada para ver en ellos. Eran rostros vacíos de miradas vacías y entrecejos vacíos y bocas vacías. Es que no hablaban.
Hasta sus cuerpos eran extraños, porque todos andaban encorvados sin quitar la vista de la tierra delante de sus pies, como si jamás hubieran alzado la mirada y no supieran de la existencia del cielo ni del sol ni de las estrellas. De nubes que pasan, tampoco tenían idea.
Mientras Yvain cabalgaba cuesta arriba por el camino que llevaba al castillo, se inclinaba reverente a izquierda y derecha y saludaba a todos amablemente repitiendo una y otra vez: «¡Buenas tardes, damas; buenas tardes, caballeros!». Mujeres y hombres, en cambio, guardaban silencio sin dejar de mirar el suelo como si no hubieran oído ni visto nada.
Ni a él ni a su compañera ni al Rey de los Animales, cuya melena relucía más hermosa que cualquier corona a la luz del sol poniente. Una vez arriba y frente al portal que conducía al patio del castillo, Yvain detuvo su caballo, se bajó de un salto y llamó a la puerta.
El enorme y pesado portal se abrió de inmediato y apareció un hombre vestido con una capa larga y gris, e igual de gris era su rostro. En la mano traía un látigo.
—¿Qué quieres? —preguntó el Hombre del Látigo.
—Estoy buscando un lugar donde pasar la noche—respondió Yvain— para la dama, para mi rey y para mí.
El hombre se echó reír y dio un latigazo contra los adoquines del patio provocando un chasquido. Luego exclamó:
—¡Estimado caballero, nada más sencillo que eso, el Señor del castillo te está esperando hace rato!
Yvain se sorprendió, pues no conocía ni al Señor del castillo ni al castillo, y no entendía por qué se lo esperaba. Pero ya que estaban adentro caminó detrás del Hombre del Látigo, que los condujo hasta un gran salón.
En el salón había una mesa larga y sobre la mesa había puras fuentes humeantes. Junto a las fuentes había platos dorados. Y junto a los platos, cubiertos de plata, y al lado, servilletas de terciopelo. Junto a las servilletas de terciopelo había grandes copas en las que relucía un vino de un rojo bermellón que olía como el vino de hace miles de años. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com