Nuestra epopeya (fragmento)Manuel Longares

Nuestra epopeya (fragmento)

"Nace el día de otoño de 1986, estrenando el mundo. La brisa arrastra un redoble de campanas y el cazador busca el sonido a su espalda. Desde su perspectiva, las casas del pueblo trepan hasta la torre parroquial divididas por la cicatriz de la carretera.
Por ella asciende cada semana el autobús de línea difundiendo su resonancia de asmático a la manera de las trompetas del juicio, como si fuese reclamando puerta por puerta a los supervivientes de nuestra epopeya.
Hace tantos años que ni los ancianos recuerdan haberlo oído, esta aldea ocupaba una posición estratégica en el mapa de la Península, ya que en ella se bifurcaba la ruta procedente de Madrid que, tras remontar la sierra de Guadarrama y las rectas de la meseta castellana, se desviaba a Galicia o se dirigía al Norte.
Esa servidumbre de tráfico determinaba su estructura, porque en vez de apiñarse en torno a la jerarquía de la iglesia como el ganado con su mayoral, ofreciendo el aspecto gregario, y quizá amurallado, de otras aldeas, se partía por la mitad, igual que un melón, para acoger a los viajeros por la herida practicada en sus entrañas.
—En este pueblo, el forastero es primero —protestaban los miembros del casino—; y al paisano, por el ano.
Con más tolerancia afrontaban este inconveniente las beatas de misa diaria:
—Si penetran con buen fin—declaraban sin rubor—, crecemos y nos multiplicamos.
La población se repartió a ambos lados de la calzada y el que trataba de confraternizar arriesgaba la piel.
Un peligro asumido por los vecinos con tanta altura de miras como falta de visión, pues preferían estar separados de los suyos por un vulgar carruaje —y triturados entre sus ruedas y rebozados por los excrementos de los animales del tiro— que envueltos en la carbonilla de un mercancías.
—Tiene alma de fogonero —decían las beatas del destinado a las calderas del infierno.
En la era de la revolución industrial, estos hidalgos —con su trigal o su renta y mucha apacible ignorancia en su mente heroica— estimaban saludable para su tren de vida la carencia de ferrocarril, y no creían amenazado su bienestar porque desde la remota Corte unos ingenieros del Ministerio de Fomento, asociados a capitalistas de rumbo, les excluyesen de la red ferroviaria española.
—El humo es señal de civilización —oponían en el casino—. El futuro echa chispas.
Mas las beatas despreciaban ese invento con la ceguera de la fe:
—Es tan sucio que pasará de moda.
Ya en el siglo veinte, el sembrado de raíles que repoblaba Castilla de locomotoras de vapor y apeaderos con marquesina absorbió gran parte del comercio que circulaba por carretera, abocando a sus clientes a un desabastecimiento inexorable, aunque tan lento, que apenas inquietó a las beatas. "



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