La niña y la luna (fragmento)Martin Mosebach

La niña y la luna (fragmento)

"Hans estaba en camino de fumarse una cajetilla entera. Nada más que un cigarrillo fue su educada petición al etíope, el cual, sin embargo, dejó a su alcance toda la cajetilla con la misma actitud con que le habría tendido un pedazo de pan. Ahora iba ya por el décimo, por más que no los dejaba consumirse hasta el fin. Fumar le estaba sentando increíblemente bien. En su interior le había intranquilizado un pequeño vacío que apenas percibía, sin relacionarlo tampoco con su ascética privación; pero ya la primera calada demostró que era exactamente el humo del tabaco lo único capaz de llenar aquella oquedad y atenuar el nerviosismo. En este momento le daban ya igual sus propósitos. La carencia que sentía era demasiado patente como para quedarse insatisfecha.
—Fume —dijo Frau Mahmouni, que le observaba atenta—; todos los hombres con los que he tenido que ver fumaban mucho... Menos uno: Tesfagiorgis —Y señaló con el dedo al etíope, que probablemente careciese de necesidades en general o bien, en cualquier caso, en tanto se ocupara de llevar este local en este lejano rincón del planeta.
Esa misma noche había de producirse otro cambio en la configuración general. Frau Mahmouni se llevó a un lado a Bárbara, en contradicción con el desinterés profesional por la feminidad que había manifestado con tanto énfasis. Cualquiera habría dicho que tenía una propuesta que hacerle. Souad, en vez de eso mismo, dedicó el tiempo a trabajarse intensivamente al primo. No se le iba de la cabeza lo que Bárbara había dicho de que entre el primo y él, Souad, se sentía aplastada como entre ruedas de molino. Quizá era mejor, debió de pensar Souad, no aplastarla, sino desmenuzarla por completo aliándose con el primo.
—Esta ciudad no me va —decía el primo en tono refunfuñón, y Souad, con sus pardos ojos de animal (apenas se veía algo de blanco en ellos) clavados en el flaco joven, replicaba con afligido candor:
—Pero vamos a ser sinceros de una vez. ¿Crees que a mí me va esta ciudad? A mí tampoco me va esta ciudad.
Cuando Hans marchó hacia el edificio, Souad levantó la vista del primo, cuya oreja se estaba comiendo casi literalmente, y dijo entono de queja gruñón:
—¿Por qué no me habéis dicho que el casero ha estado hoy en vuestro piso?
—Hans no sabía nada. Souad adoptó un tono de verdadera impertinencia.
—No, nada de eso de hacer como si no supieras nada. Ha estado horas ahí arriba con vosotros. ¿Qué ha dicho? Dígamelo: ¿qué ha dicho? —Hans no tomó a mal el balanceo entre el tú y el usted, pero cuando empezó a explicar dónde había pasado las últimas horas, vio claro de repente lo fuera de lugar que estaban aquel interrogatorio y el tono de queja del administrador. Lo interrumpió, pues, diciendo:
—¿Es acaso asunto suyo?
—¡Así es, Souad —exclamó Bárbara desde donde estaba—, ay, lo que tú no quieras saber! No todo el mundo tiene tanta paciencia como yo.
Prendió entonces en el patio un cacareo como en una pelea de gallinero, pero a Hans no le llegó ya nada. Dejando de lado la puerta de los Wittekind, cerrada (según le pareció) del modo más inexpresivo, subió a la cuarta planta. "



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