Un tonto y una doncella en la isla de Lundy (fragmento)W. N. P. Barbellion

Un tonto y una doncella en la isla de Lundy (fragmento)

"La calma chicha impedía siquiera que un único soplo de viento agitara el sonrosado mar o incluso que presionara el asta de la bandera en la colina. Mariposas rojas aleteaban con sus alas rosadas auspiciadas por el sol y grandes escarabajos verdes caían al azar en los helechos. El aire estaba espeso, yerto, a causa del continuado calor, sin embargo, la calma no denotaba del todo inacción, intensificaba más bien un movimiento en torno a la dormición. Podría decirse que la naturaleza se hallaba en equilibrio dinámico.
El brillante silencio de la escena revestía un cariz amenazante. Era más ominoso que una tormenta eléctrica, al ser más ininteligible.
Los destellos de los cristales de cuarzo y feldespato se hendían en el globo ocular como álgidas vetas. En algún lugar del azul, una alondra cantaba una y otra vez sin cesar, como si fuera cautiva de un mágico trance. Todo esto me enloquecía y ansiaba arrancarle el corazón y leer el críptico mensaje de su son. Ningún otro sonido era audible, pero las olas del mar dejaban en la playa un susurro misterioso.
Esta mística trinidad que formaban el mar, el cielo y las rocas habría incluso ensimismado al mismísimo Spinoza, e incluso excluiría de su comunión la divina alma de Wordsworth. Un gigantesco sistema basculaba a través de la isla de Puffin aplicando a cada brizna de hierba un misterio lleno de icor. Podía incluso percibirse el pulso de sus arterias en la canción entonada por la alondra y escucharse e latido de su corazón deslizándose por el suelo que hollaba.
Una gran mariposa blanca permanecía enclavada en un brezo que se hallaba a mi derecha. Era una artista, con su vestido blanco, pintando La roca del caballero templario. Me preguntaba qué impresión se llevaría del insondable silencio que se abatía sobre la pila de gris granito. Siempre se mostraba profundamente alborozada, pensé, con su trabajo en Lundy y desde luego ninguno de los isleños se sentía atormentado por toda aquella aureola de incomprensión que yo experimentaba. ¿Y por qué habrían de hacerlo? Las circunstancias, después de todo, no eran otras que las conformadas por un buen día en una hermosa isla, aquello que los guías turísticos han dado en llamar "paisaje agreste de gran esplendor." Pero no había manera de desentrañar aquel misterio. Me reuní de nuevo con él en la siguiente hondonada, en una ladera verde ahíta de cantos dispersos que corrían hacia el mar. Una gran multitud de búhos frailecillos se encontraba allí, sobre las rocas o a la entrada de las madrigueras dispuestas para la anidación. Sobre mi cabeza giraba todo un ramillete de duendes alados y la luz apenas se filtraba entre las angostas filas de los más pequeños -campanillas, rosas de mar y petirrojos rojos-. Prevalecía un silencio profundo, insondable, porque el frailecillo carece de voz. Sólo de vez en cuando se dejaba oír el eco de sus alas al pasar.
El irresistible magnetismo de la escena habría despertado la curiosidad más indiferente y desafiado a la más intensa. Me encontraba cansado después de la larga caminata bajo los rayos del sol y también mentalmente fatigado. Dormí un poco. "



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