La Patagonia rebelde (fragmento)Osvaldo Bayer

La Patagonia rebelde (fragmento)

"Es evidente que Wilckens para llevar a la práctica su atentado tomó contacto con los grupos expropiadores que actuaban dentro del anarquismo. Él no tenía conocimientos de cómo se fabricaba una bomba ni tampoco de cómo se manejaba un arma ni jamás había portado un revólver o pistola. La idea que lo guiaba por sobre todos los principios libertarios era la del antimilitarismo. Sostenía que todos los militares, sin excepción, eran conscientes de la inutilidad de su profesión pero que cuando se daban cuenta ya era tarde y por eso obraban con odio hacia el hombre común, por puro complejo, al verse traicionados por sus propios padres o profesores que los impulsaron siendo jóvenes a tomar esa carrera. Los que conocieron a Wilckens señalan que cuando veía a un uniformado se detenía a mirarlo con profunda lástima y pena y lo consideraba, en el fondo, la principal víctima de la humanidad, pero una víctima que se convertía, llegado el momento, en el peor verdugo del ser humano, de sus hermanos.
Wilckens tuvo siempre respeto por las dos tendencias del anarquismo, la pacifista y la expropiadora. En ningún momento despreció a los expropiadores ni se escandalizó por sus acciones. Aunque era pacifista, comprendía a los violentos que no podían soportar la violencia de la sociedad. Sabemos por testigos irreprochables que Wilckens mantuvo amistad con Miguel Arcángel Roscigna; seguramente, de él o de su grupo tienen que haber salido la bomba y el arma. Roscigna era el hombre silencioso que movilizaba las “acciones directas”. Emilio Uriondo, uno de los pocos sobrevivientes del grupo Roscigna, nos ha relatado que fue Andrés Vázquez Paredes —compañero inseparable de Roscigna— quien le dio el explosivo al matador de Varela. Emilio Uriondo acompañó a Wilckens y a Vázquez Paredes a un lugar cercano a Puente Barracas donde hicieron una experiencia con una bomba. El anarquista alemán desarrolló en esa oportunidad la teoría de que en los atentados contra una persona debía intervenir siempre un solo hombre por ser esto más eficaz y no comprometer a otros. Pero no adelantó nada acerca de lo que iba a hacer.
Respecto a los expropiadores, la actitud de Wilckens venía a ser la misma de Bartolomeo Vanzetti: los trataba de igual a igual, los consideraba compañeros y llegado el caso los ayudaba en todo lo que podía.
Ahora estaba allí, en la comisaría, en lo peor. Allí, indefenso, frente a los que querían saber todo, exigían saber todo. Frente al manoseo de los captores. El imperativo y confianzudo “¿cómo te llamas?”, el tuteo repentino que es preanuncio del cachetazo, la trompada, el revés, el puntapié dado con maestría y con fruición.
Todos los bienes que le han encontrado en una prolija revisación son apenas un monedero ordinario con un peso y cincuenta centavos, una receta del hospital alemán, dos agujas con hilo negro, un pañuelo negro, un boleto de tranvía, un reloj de níquel, una llave grande y otra pequeña, un cortaplumas, un diccionario alemán-castellano, un ejemplar del Deutsche La Plata Zeitung, una caja de fósforos, un piolín, un pañuelo para cuello y un libro titulado Das Anarchistische Manifest.
Desde hace tres horas lo tienen parado en la comisaría. Pese a que los huesos astillados pugnan por abrirse paso entre músculos, tejidos y horadar la piel y pese a que el pie izquierdo es una masa sanguinolenta, no le dan ni una silla ni lo dejan tenerse de la pared. Pero el alemán es duro. Contesta en su mal castellano todos sus datos personales. Cuando lo empiezan a interrogar sobre el atentado parece olvidar repentinamente ese idioma y sólo sabe decir: “Fui yo solo. Único autor. Yo fabriqué la bomba sin ayuda. Acto individual". "



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