El segundo sexo (fragmento)Simone de Beauvoir

El segundo sexo (fragmento)

"Sin duda, el marido o el amante se irritan ante las taras de la mujer singular con la cual viven; sin embargo, al ensalzar los encantos de la feminidad en general, la consideran inseparable de sus taras. Si la mujer no es pérfida, fútil, cobarde, indolente, pierde su seducción. En Casa de muñecas, Helmer explica hasta qué punto el hombre se siente justo, fuerte, comprensivo e indulgente cuando perdona a la débil mujer sus faltas pueriles. Así, a los maridos de Bernstein los enternece -con la complicidad del autor- la mujer ladrona, malvada, adúltera, al inclinarse sobre ella con indulgencia, miden toda su propia y viril sabiduría. Los racistas norteamericanos y los colonos franceses desean también que el negro se muestre vividor, holgazán y embustero: así demuestra su indignidad, así pone la justicia del lado de los opresores; si se obstina en ser honesto y leal, se le mira como a un mala cabeza. Los defectos de la mujer se exageran tanto más cuanto que ella no tratará de combatirlos, sino que, por el contrario, hará de ellos adorno.
Recusando los principios lógicos y los imperativos morales, escéptica ante las leyes de la Naturaleza, la mujer carece del sentido de lo universal; el mundo se le aparece como un confuso conjunto de casos singulares; por eso cree más fácilmente en los chismes de la vecina que en una exposición científica; sin duda, respeta el libro impreso, pero ese respeto resbala a lo largo de las páginas escritas sin prenderse en el contenido: por el contrario, la anécdota contada por un desconocido en una «cola» o en un salón adquiere inmediatamente una aplastante autoridad; en su dominio, todo es magia; fuera, todo es misterio; no conoce el criterio de lo verosímil; solamente la experiencia inmediata conquista su convicción: su propia experiencia o la de otro, siempre que la afirme con suficiente fuerza. En cuanto a ella, y puesto que, aislada en su hogar, no se confronta activamente con las otras mujeres, se considera espontáneamente como un caso singular; siempre espera que el destino y los hombres hagan una excepción en su favor; mucho más que en los razonamientos valederos para todos, ella cree en las iluminaciones que descienden sobre ella; admite fácilmente que le son enviadas por Dios o por algún oscuro espíritu del mundo; de algunas desgracias y accidentes, piensa con tranquilidad: «A mí no me ocurrirá eso»; a la inversa, se imagina que «harán una excepción conmigo»: tiene el gusto del favor especial; el comerciante le hará una rebaja, el agente la dejará pasar aunque no lleve pase; le han enseñado a sobreestimar el valor de su sonrisa y se ha olvidado decirle que todas las mujeres sonríen. No es que ella se considere más extraordinaria que su vecina: es que no se compara; por la misma razón, es raro que la experiencia le inflija un mentís: sufre un fracaso, otro, pero no los totaliza.
Por eso, las mujeres no logran construir sólidamente un «contrauniverso» desde el cual pudieran desafiar a los varones; esporádicamente, despotrican contra los hombres en general, se cuentan historias de alcoba y de partos, se comunican horóscopos y recetas de belleza. Mas, para construir verdaderamente ese «mundo del resentimiento» que su rencor desea, carecen de convicción; su actitud con respecto al hombre es demasiado ambivalente. En efecto, el hombre es un niño, un cuerpo contingente y vulnerable, es un ingenuo, un abejorro importuno, un tirano mezquino, un egoísta, un vanidoso; pero también es el héroe libertador, la divinidad que dispensa los valores. Su deseo es un apetito grosero; sus abrazos, una servidumbre degradante; sin embargo, el ardor y la potencia viril aparecen también como una energía demiúrgica. Cuando una mujer dice con éxtasis: «¡Es un hombre!», evoca a la vez el vigor sexual y la eficiencia social del varón al que admira: en uno y otra se expresa la misma soberanía creadora; no se imagina que sea un gran artista, un gran hombre de negocios, un general, un jefe, si no es un amante poderoso: sus triunfos sociales siempre tienen un atractivo sexual; inversamente, está dispuesta a reconocerle genio al varón que la satisface. Por lo demás, es un mito masculino el que ella toma aquí. Para Lawrence y para tantos otros, el falo es a la vez una energía viviente y la trascendencia humana. Así, la mujer puede ver en los placeres del lecho una comunión con el espíritu del mundo. "



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