Chaikovski (fragmento)Nina Berberova

Chaikovski (fragmento)

"Las clases empezaban a las ocho de la mañana; aún era de noche. El otoño era frío y lluvioso. Chaikovski se vestía a la luz de las velas, se tomaba una taza de té y un poco de pan y corría del Instituto Tecnológico en la parte del Moika y del callejón Demidov hasta la otra punta de la ciudad. No siempre ponían calefacción, y cuando encendían la estufa el humo les irritaba los ojos y el óxido de carbono les levantaba dolor de cabeza. A Zaremba, el profesor de composición musical, le gustaba repetir que el tono menor era el pecado, y que el tono mayor era su expiación. ¡Como para dormirse! Después de las clases tenía que marcharse corriendo al ministerio donde, cada vez que había un ascenso, se olvidaban de Chaikovski. Al caer la tarde, sobresaturado de ópera italiana, se encerraba en su habitación, se ocupaba de los niños, jugaba a las cartas con su padre o les llevaba a todos al teatro.
El profesor Zaremba no le ponía en contacto con la música. Pero la comprendía e intentaba buscarla él mismo a tientas; aún no sabía demasiado bien lo que le gustaba, con excepción de Mozart; pero Mozart era todavía un recuerdo infantil. En cambio, empezaba a darse cuenta de lo que no le gustaba. Antes de comprometerse de lleno con la música se propuso odiar todo lo ajeno a ella: su oficina y el mundo. Le escribía así a su hermana:
«Antes o después abandonaré mi carrera de funcionario por la música.» El mundo, que tanto les había gustado a ambos, ya lo había abandonado. «No creas que me considero un gran artista, tan sólo quiero hacer lo que me atrae. ¿Seré un compositor famoso o sólo un pobre profesorcillo de música? No importa, mi conciencia estará tranquila y ya no tendré derecho a quejarme de mi suerte ni de la gente.» Le atormentaban algunas dudas, pero sus primeros intentos de composición reafirmaron sus esperanzas. «Naturalmente, no dejaré mi puesto antes de tener la certidumbre de ser un artista y no un funcionario...» Pero qué podía aprender de Zaremba, que nunca había oído a Schumann, que encontraba demasiado nuevo a Beethoven, demasiado moderno a Mendelssohn? Por entonces en Europa se hartaban de Liszt y Berlioz, y Wagner hacía su aparición en Petersburgo. ¡Con qué emoción asistió Chaikovski a su primer concierto!
Hasta el último momento no supo Wagner si tendría lugar o no aquel concierto. Estaba acatarrado y tenía que ir a Moscú algunos días después. La sala estaba llena hasta los topes; el público elegante y mundano sabía ya que el maestro dirigía la orquesta con guantes y de espaldas a la sala. Sólo él podía permitirse tal cosa, que les parecía formidable, inesperado, extraordinario. Durante el entreacto, Chaikovski escuchó lo que se decía entre el público; horrorizado por no entender nada, oía que algunos le consideraban genial.
Se quedó algún tiempo en los pasillos; algunos jóvenes discutían con ardor. El que parecía mayor se atusaba su larga barba y argumentaba con voz fuerte y profunda; un pequeño oficial intentaba en vano colocar una palabra. Un chico muy joven, de rosadas mejillas, escuchaba a otros dos —un militar y un civil— que discutían cogiéndose de los botones de las levitas; un hombre de apariencia tranquila y buen porte, de tipo caucasiano, callaba perplejo y atento. "



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