Tratado de los sofismas políticos (fragmento)Jeremy Bentham

Tratado de los sofismas políticos (fragmento)

"Hay profecías que tienen por objeto el contribuir a su propio cumplimiento: este sofisma encierra una profecía de ese género. Si no tenéis uña objeción sólida, esta constituye un último recurso. ¡Qué lástima que sea impracticable un plan tan hermoso!; ganáis a sus partidarios mismos; os colocáis en sus filas para atraéroslos. Es el lenguaje de un bribón que os abandona su mejor amigo fingiendo que no tiene medio alguno de defenderlo.
Nadie osará decir en un discurso serio, en el seno de una asamblea política, que es un mal el aspirar al bien; pero se tratará de arrojar el disfavor sobre todas las ideas de perfección y de excelencia. Se presentará a quienes quieren elevar a los hombres a un grado más alto de felicidad como espíritus peligrosos que no tienden sino a difundir la inquietud en las clases inferiores de la sociedad y a inspirarles disgusto por su situación. Se llegará hasta a decir que la doctrina de la perfectibilidad ha preparado el reino de la anarquía, y que aspirar a la excelencia es aspirar a la subversión general.
¿Qué responder a estos enemigos de lo mejor? Si se traduce literalmente su pensamiento, queda reducido a esto: "La miseria humana es un espectáculo que me place; no quiero que se me prive de la más pequeña parte del goce que de él saco. Tanto como se cercenen los sufrimientos de los demás, otro tanto se quita a mis placeres.".
Para ser consecuente, el enemigo de lo mejor debe declararse en contra de todo lo que puede contribuir a la prosperidad de su país; debe votar siempre contra los nuevos caminos, los nuevos canales, las nuevas patentes de invención; debe detener, en cuanto pueda, todos los progresos de las ciencias, todos los de la agricultura y de las manufacturas.
Pero no: el mejor que estos hombres odian es el que se aplica a las leyes, el que tiene por objeto disminuir abusos de que ellos se aprovechan, el que tiende a aumentar las luces públicas, y a hacer al pueblo más respetable para sus jefes.
Si dijerais a este hombre que se pretende cristiano que el fundador de su religión no sólo ha creído en la perfectibilidad de la naturaleza humana, sino que ha convertido en un deber positivo el aspirar a la perfección, y a la perfección más eminente, podríais tal vez reducirlo al silencio por un momento; pero no lo cambiaríais: un muerto resucitado no podría convencerlo. "



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