La tercera versión (fragmento)Silvina Bullrich

La tercera versión (fragmento)

"Por la noche mi madre se encerraba en la habitación que había compartido con mi padre y que nunca dejó de ocupar. El lado izquierdo de su ropero de tres cuerpos conservaba la ropa que había sido de él: los zapatos que nunca olvidan la forma del pie; el frac de los conciertos; el saco de fumar de la intimidad; los trajes grises, pardos, azules que usan los hombres, que parecen anónimos, iguales entre sí, pero que ninguna mujer confunde cuando han sido usados por un hombre amado. Mi madre solía poner alguno de esos sacos sobre el respaldo de una silla, lo cruzaba con una corbata, y yo siempre fingí no verlo, siempre fingí no comprender lo que evocaba. En las paredes de ese cuarto había retratos de mi padre, desde aquellos borrosos de su infancia, que lo representaban rodeado de hombres y mujeres sin rasgos ni edad, o sólo sobre un intempestivo reclinatorio, hasta las fotografías de los últimos años y esbozos a lápiz hechos en el Café del Levante o en el "Lapin Agile" por algún amigo bohemio que no sabía si regalaba un papel inútil o una fortuna: las firmas, estampadas al pie, parecían un tímido interrogante planteado al destino.
En un panel sus violines, todos, aquel que se había hendido en un choque de trenes, un supuesto Guarnerius, un auténtico Stradivarius. Y había cajones cerrados.
Más tarde, al morir mi madre, me enteré de lo que contenían: cartas de mi padre, facturas de compras, recibos, una libreta con direcciones, sus obras inéditas, su reloj, sus gemelos, sus botones de cuello, sus ligas, su navaja, un mechón de pelo, unos sellos que él tomaba, su tijera de uñas; y francos, liras, marcos, pesetas, restos de giras gloriosas; mil objetos que debían de tener para ella un sentido cálido y preciso. En un umbral de ese cuarto, apenas alumbrado por una lámpara, mi madre me daba las buenas noches.
Estaba de pie, con el cabello suelto, envuelta en su largo batón blanco.
Rozaba rápidamente mi frente y me despedía con cierta impaciencia, como si yo le impidiera ser puntual a una cita. Y yo huía sin mirar hacia atrás, poseído por un miedo irrazonado. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com