Lágrimas (fragmento)Fernán Caballero

Lágrimas (fragmento)

"Su alma era como el cristal, la empañaba un soplo, la traspasaba un rayo de sol, un choque la hubiese quebrado: almas de ángeles que tienen su mayor mérito en ignorar lo que valen; que no lloran sobre él, sino sobre el dolor, que es herencia común.
¡Cuántas cavilaciones han abrigado aquellas perfumadas sombras! ¡Cuántas almas tiernas y elevadas habrán poetizado con los ruiseñores por aquellos senderos, en que el árbol cobija al arbusto, el arbusto a la flor, y la flor al césped! ¡Pero cuántas veces también le han profanado la langosta y el hormigón! ¿No podrían irse los Jeremías, las langostas y los hormigones a dar su paseo al Perneo? ¡Qué importuna pretensión en tiempos de igualdad y comunes derechos!
Volvamos a mi héroe. Nos ha dado por las digresiones: en otro capítulo diremos el porqué; que por ahora tenemos que referir el resultado de las cavilaciones del más caviloso de los cavilosos.
Fue este el irse al día siguiente a las callejuelas de Regina. Si eres tan desgraciado, lector, que nunca hayas estado en Sevilla, te compadecemos en primer lugar; y en segundo te diremos, que las callejuelas de Regina son un respetable club, un distinguido casino, un ilustre liceo de baratilleros. Cuanto allí se muestra a la vista del público, merece llevar la cruz de San Hemenegildo. Allí atrae el barato con su dulcísima voz, y con vida a pasar adelante la curiosidad con su picante estímulo. Los baratilleros han sido tantas veces descritos, se ha gastado tanto chiste en sus descripciones, que nos abstenemos, mal que nos pese, de cansar tu atención describiéndolos: sólo diremos con dolor de nuestro corazón, que hasta los baratillos van perdiendo en el siglo de las luces y de los adelantos, su fisonomía y su color local. Cada baratillero tiene un pintor de brocha gorda, con un furioso arco iris metido en sus pucheros, al que con una celeridad digna de nuestros tiempos, va poniendo grotescas caretas a los más respetables veteranos. Tiene otro pintor de brocha no menos gorda, que de un cuadro regular, pero mal tratado, hace un cuadro de tal expresión, tan descompuesto y subido de color, que parece un borracho saliendo de la taberna. Tiene además un apestosísimo barniz que distribuye a modo de palo de ciego, de manera que, si se entrase con hachones en aquellas cuevas de hijos abandonados, relumbraría y brillaría todo como cuevas de estalactitas.
Lo mismo habéis hecho vosotros, ilustrados novadores; habéis fabricado ese atroz barniz de pesada ilustración, que sobre todo se extiende como un brillo ficticio, como una mentira. Ahora que veis tanta deformidad, lo lloráis. ¡Amigo; como ha de ser!
Tú te metiste
fraile mostén,
tú lo quisiste
tú te lo ten. "



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