Holiday (fragmento)Stanley Middleton

Holiday (fragmento)

"A los treinta y dos años, Edwin Fisher admitió su inmadurez emocional cuando pensó de nuevo en aquellos días, sintiendo de nuevo el sonrojo y la vergüenza, el anhelo de estar en otra parte, de ser otro cuerpo, el cual le había importunado miserablemente. En su mente admitió las virtudes de sus padres; ambos eran trabajadores compulsivos, pero sentían un profundo amor por sus hijos, que no sabían cómo manifestar en aquel ambiente de clase alta. Ahora, ambos estaban muertos. Comprendió esto y deseó que hubiera sucedido de otra forma, pero no lograba dar con la razón. Tal vez el problema residía en él mismo. Cuando se encontró con su hermana, una médica casado con un médico, alzó de nuevo las barricadas, aunque ellos compartieran algún secreto, por una desesperada hostilidad que ella no admitía en demasía, aristocrática, distante, sensiblemente apartada, ella consideraba sus perspectivas de manera divertida, pero tras permanecer alrededor de treinta y seis horas juntos, riñeron, no a causa de los principios, sino a causa de una costumbre que había sido sepultada. Él sintió que aún luchaban para ganarse el afecto de sus padres.
A través de la ventana abierta a su espalda, le llegaron los gritos de los niños como la voz marcadamente elevada de un adulto. Curioso, decidió no detenerse a averiguar el motivo. No tenía sentido decidirse cuando ya era tarde. Así pensaba. Bebió unos sorbos de su cerveza, intercambió tres palabras más con el barman, que se volvió en medio de una luz fluorescente, examinó el estado de sus zapatos y se encaminó a la salida. No almorzaría, le bastaría con un par de manzanas. Caminaría. ¿Y el domingo? Podría comprar algo en la playa. Se dirigió hacia ella en un día muy resplandeciente.
Tan pronto como sintió que sus pies hollaban la arena, supo que se encontraba donde no quería estar. No había nada allí para él, excepto un fino tramo de polvo y el mar poco profundo a sólo diez minutos de marcha y la gente en sus tumbonas, sobre alfombras, tras el llamativo rompe vientos, desnudos, embadurnados de aceites y tostados por el sol. Él se quitó sus zapatos, se puso unos pantalones y remó ridículamente como había hecho su padre hacía ya veinte años. Incluso cuando el anciano estuvo casi en el borde, mantuvo su sombrero puesto, tratando de preservar una postura adecuada que le librara del funesto ridículo. Eso no era del todo cierto. Arthur Fisher no se había percatado de nada inconveniente en su comportamiento, porque nada había que fuera merecedor de reproche, excepto en la mente de su hijo.
Edwin se sentó, se deshizo de sus zapatos. Señaló con el dedo. Aquí yace desparramado un hombre que abandonará a su esposa. Sí, ésa era la palabra justa para autoproclamarse histriónicamente, una extravagancia emocional de alguien que ha decidido repetir las travesuras de su padre. "



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