El silencio de tu nombre (fragmento)Andrés Pérez Domínguez

El silencio de tu nombre (fragmento)

"Entonces volvió a mirar la ventana. Y si no disparó no fue sólo por el niño, aunque tal vez lo peor era que ni siquiera le preocupaba que un chaval desconocido viese cómo mataba a un hombre indefenso o le gritase asesino mientras se perdía en la oscuridad de la playa. En las dos guerras en las que había participado había visto morir a demasiada gente inocente, a niños saltar de una trinchera con el rostro desencajado y la bayoneta calada. Incluso en Berlín tuvo que enfrentarse a tiros con un grupo de adolescentes a los que les habían lavado el cerebro y les habían puesto el uniforme verde oliva de las SS cuando ya estaba todo perdido y sólo era posible el desastre. Para Navarro no eran más que soldados, y había ordenado abrir fuego contra ellos, como si fuesen adultos, aunque luego aparecieran los remordimientos. Cuando uno se juega la vida no es momento de entretenerse en reflexiones morales ni de hacer distinciones. A él también le habían disparado y herido sin que le preguntasen antes qué edad tenía o qué pintaba en aquella guerra, tan lejos de su casa. La luz seguía encendida pero, desde la última vez que miró, la puerta se había abierto y el crío había salido. Navarro no podía distinguir su carita en la oscuridad, pero no había duda de que el chiquillo los estaba observando, con curiosidad, como si le costase entender qué hacían. Apretó los labios, tanto que sintió cómo le crujían los huesos de la mandíbula. Podía haberle dado una voz al chaval para que volviera a meterse en su casa, o incluso apretar el gatillo y marcharse de allí antes de que el niño se diese cuenta de lo que estaba pasando. Pero sin saberlo el chiquillo le estaba proporcionando la excusa que necesitaba, la razón para no hacer lo que no deseaba. Con el cañón de su pistola seguía apuntando a la nuca de quien le habían dicho que era un traidor, como la imagen congelada de una película, pero su prisionero aún no sabía que había vuelto a nacer esa noche. El propio Navarro acababa de darse cuenta de que no lo iba a matar. Más por rabia consigo mismo que por hacerle daño, le dio una patada en las costillas a Miranda, que rodó sobre la arena, sin quejarse siquiera, y se alejó caminando por la orilla. "


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