Parrot y Oliver en América (fragmento)Peter Carey

Parrot y Oliver en América (fragmento)

"Escribí: Esta misma persona me ha hecho dos retratos, pues el primero de ellos lo robó el criado inglés mientras estaba ebrio.
No debo escuchar, pensé. Sé lo peor pero no puedo escucharlo.
En cualquier caso, dijo, me vi obligado a posar de nuevo. Putear de nuevo, escribí.
Dijo: Ya sabes, mamá, lo tedioso que es. Recuerdo las historias que me contabas del aburrimiento que supuso para ti posar tres veces y de cómo sólo lo aliviaba la conversación. Mi pequeña marsellesa no podría, por supuesto, discutir sobre grandes cuestiones de nuestra religión, o analizar tendencias jansenistas de nuestro estimado Bebé, pero ya verás que lo pasamos bien igual.
Escribí.
En mi más que ordinario camarote, un cuarto tan pequeño que uno no se lo daría ni a un criado, han ocurrido los acontecimientos más extraordinarios y yo te los contaré.
Pensé: Tú se los contarás, pequeño Saco de Suspiros. Pero yo se lo contaré mejor. Se lo contaremos juntos. Madre, escribí, sé que compartes mi aversión por las Confesiones del filósofo, y que lo último que deseamos leer es la vergüenza general de los fracasos de Jean Jacques Rousseau en los brazos de madame de Warens. Mi relato, que jamás habría tenido lugar de haber estado tú en la misma habitación, en la misma casa o incluso en el mismo continente, no posee el menor elemento de fracaso.
Dudo de que llegue nunca a mandarte esta carta, escribí yo, porque ¿cómo puede contarle un hijo a su querida, dulce y muy estricta madre que ha quitado, sin previa invitación, las prendas más íntimas a una joven que ha pasado su pincel de marta cibelina por su mismísima virilidad produciendo así lo que los antiguos llamaban, creo, "perlas de alegría"?
Querida mamá, escribí: me la pasé por la piedra.
Alcé los ojos y me encontré con que lord Migraña me miraba de hito en hito. Que te lleven todos los demonios, pensé. La tumbé en el suelo, escribí, y, cuando todo el regalo estuvo desenvuelto, encontré a una compañera dispuesta, una bestia marsellesa que se negó a que la contuviera en el estrecho espacio de las literas. Qué cardenales debe tener, maman. Así se debatió para llevar la voz cantante en todo el asunto, pero yo no se lo toleré y ella tampoco lo lamentó, y tal fue su placer y su proximidad al camarote principal que tuvo que ponerse la almohada entre los dientes. Y juro que la desgarró porque, al cabo de un instante, había plumas flotando en la luz del sol. "



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