Héroes y villanos (fragmento)Angela Carter

Héroes y villanos (fragmento)

"El arco de sonidos inarticulados se elevó otra vez, como un arco iris horrible. Marianne saltó de la silla, pasó precipitadamente junto al grupo de hermanos y miró hacia afuera por la puerta de la cocina.
Fuera, la luz del ocaso iluminaba aún el patio enlosado, lleno de malas hierbas y rodeado de edificios en ruinas. Cuando había visto al niño del bosque encadenado a la pared en la habitación de Donally, había pensado que era una alucinación; pero ahora lo veía otra vez, acuclillado sobre las piedras del suelo, al final de la cadena sujeta a una grapa al costado del cobertizo. El niño volvía los ojos hasta ponerlos en blanco y aullaba al cielo crepuscular.
Estaba rodeado de huesos roídos. Delante del niño había un recipiente con agua y otro vacío marcado con la palabra «Perro», en el que seguramente le daban la comida. La lluvia le salpicaba los hombros y el pecho flaco, que mostraba entre los tatuajes una verdosa palidez. Aullaba acuclillado y luego se quedaba en silencio, pellizcándose la suciedad que tenía entre los dedos de los pies. El niño era completamente real.
-Ensució la cama, ya sabes -explicó otro de los hermanos, misteriosamente materializado junto a Marianne, vigilando que la muchacha no saliese-. Ensució la cama y no puede vivir dentro con el doctor, ¿verdad? No si ensucia la cama. El doctor es más que puntilloso.
-Tiene una constitución de hierro, el tonto -observó uno de los hermanos. Estaba al otro lado de Marianne y tenía tanto pelo que ella sólo alcanzaba a verle los ojos. Echó una ojeada en torno; estaba rodeada. Se apartó de la puerta y los hombres la siguieron tan de cerca que podía olerlos. Olían a tumba. La señora Green, que estaba fregando, levantó inquieta la vista. Una rama se movió en la hoguera con un chisporroteo.
La atmósfera de la diabólica cocina se estremeció e hizo pedazos. Marianne intentó escabullirse por debajo del brazo de uno de los hermanos para correr hacia la señora Green, pero él la atrapó por los hombros y la señora Green no hizo más que un gesto de desesperación, aunque antes le había advertido a Joya que se mantuviera lejos de la joven. Salvajes. Ojos opacos como la madera muerta, bocas contraídas en un rictus burlón y que mostraban unos dientes blanquísimos; dondequiera que miraba, Marianne veía ojos opacos fijos en ella y bocas crueles. Joya había entrado en silencio y se apoyaba ahora contra la pared, casi oculto, también observando, limpiándose las uñas con la punta del cuchillo y mirando a Marianne. "



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