Tierra para morir (fragmento)Ángel María de Lera

Tierra para morir (fragmento)

"Se deslizó suavemente y se calzó las alpargatas. Luego asomó la cabeza por la entreabierta puerta de cristales de su alcoba... Un quejido de la madera la hizo detenerse, temblando. Pero, pasados unos segundos de angustia, empezó a bajar los escalones, pegada a la pared. Vestía un largo camisón blanco y parecía una sonámbula.
Al ver llegar a Teresa con la niña, Noemí saltó del trillo y dejó que la mula continuase sola dando vueltas sobre la parva. El sol ya iba de caída, pero aún calentaba con fuerza. No había nadie más en la era, situada en los altos del pueblo, cerca de donde desembocaba la calle de Obdulia.
Se saludaron las dos amigas, y después que Noemí besara a la pequeña, esta pidió inmediatamente montar en el trillo. A Teresa le daba un poco de miedo, pero tanto insistió la niña, que no hubo más remedio que satisfacerle el capricho.
-No pases cuidado, Teresa -le dijo Noemí-. La mula sabe muy bien lo que tiene que hacer. Además, no le quedan fuerzas para correr demasiado, aunque le picara la mosca.
Sentada sobre un haz y protegida del sol por el sombrero de Noemí, la chiquilla inició las vueltas de noria con gran alborozo, como si disfrutara un maravilloso juguete, incitando inútilmente al animal y gritando a su madre:
-¡Mira, mamá! ¡Mamá!
Después de hacerle señas de que siguiera sentada y renunciase a hacer pinitos sobre el trillo, dijo Teresa:
-Desde que empezaron las vacaciones, me aburro soberanamente. Tentaciones me dan muchas veces de venir a echarte una mano...
-Pues, mira, no estaría mal -repuso Noemí, riendo-. Vamos algo atrasados este año porque mi padre se empeñó en esperar a una cuadrilla de segadores que tenía apalabrada desde el invierno. La cebada tenía que llevar ya dos semanas recogida en el granero.
-Ya me dijo Victoriano que, al fin, no pudo ajustar ni un solo hombre.
-¡A ver! Y menos mal que teníamos a Sixto.
Teresa miró a su amiga antes de decir nada, intencionadamente:
-No ha sido poca suerte tenerlo en casa.
-¡Menuda!
Callaron y, a una seña de Noemí, fueron a sentarse a la sombra de las hacinas. El aire se movía ya un poco y el pelo y las pestañas de Teresa comenzaron a blanquearse de tamo. Esas briznas impalpables obligaban a las dos mujeres a amusgar los ojos también. Pronto, las pecas de la maestra tomaron un cariz más vivo sobre la piel enrojecida. "



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