El libro del día del juicio final (fragmento)Connie Willis

El libro del día del juicio final (fragmento)

"Y para que las cosas que deben ser recordadas no perezcan con el tiempo y desaparezcan de la memoria de quienes nos sucedan, yo, al ver tantos males y a todo el mundo al alcance del Maligno, como si ya estuviera entre los muertos, yo, que espero a la muerte, he puesto por escrito todas las cosas que he presenciado.
Y para que lo escrito no fenezca con el escritor y la obra desaparezca con el artífice, dejo notas para que se continúe este trabajo, por si algún hombre sobrevive y algún miembro de la raza de Adán escapa a esta pestilencia y retoma el trabajo que he comenzado..." Hermano John Clyn 1349.
Casi habían alcanzado el patio de la iglesia. Kivrin distinguió ahora rostros, iluminados por las humeantes antorchas y por pequeñas lámparas de aceite que llevaban algunas mujeres. Sus rostros, enrojecidos e iluminados desde abajo, parecían levemente siniestros. El señor Dunworthy creería que eran una turba enfurecida, pensó Kivrin, congregada para quemar en la hoguera a algún pobre mártir. Es la luz, pensó. Todo el mundo parece un asesino a la luz de las antorchas. No le extrañaba que al final inventaran la electricidad.
Entraron en el patio. Kivrin reconoció a algunas de las personas congregadas cerca del pórtico de la iglesia: el niño con escorbuto que había huido de ella, dos de las muchachitas que las habían ayudado a hornear pan, Cob. La esposa del senescal llevaba una capa con cuello de armiño y una linterna de metal con cuatro diminutas hojas de cristal de verdad. Charlaba animadamente con la mujer de las cicatrices de escrófula que había ayudado a recoger el acebo. Todos charlaban y se movían para entrar en calor, y un hombre de barba negra se reía tan fuerte que su antorcha se acercó peligrosamente a la toca de la esposa del senescal.
Con el tiempo, la jerarquía eclesiástica acabaría con la misa de medianoche debido a tanta bebida y jolgorio, recordó Kivrin, y algunos de estos feligreses decididamente parecía que se habían pasado la noche saltándose el ayuno. El senescal charlaba animadamente con un hombre de aspecto rudo a quien Rosemund señaló como el padre de Maisry. Sus rostros estaban rojos por el frío, la luz de las antorchas o el licor, o por las tres cosas a la vez, pero parecían alegres en vez de peligrosos. El senescal recalcaba cuanto decía con duros golpes en la espalda del padre de Maisry, y cada vez que lo hacía, éste reía con más fuerza, una risita feliz y tonta que hizo pensar a Kivrin que estaba mucho más alegre de lo que había supuesto.
La mujer del senescal le tiró de la manga, y el hombre se zafó de ella, pero en cuanto lady Eliwys y sir Bloet atravesaron la valla, se apartó rápidamente a un lado para dejar paso. Lo mismo hicieron todos los demás, guardando silencio mientras la procesión atravesaba el patio y franqueaba las pesadas puertas, y luego comenzaron a charlar de nuevo, pero en voz baja, mientras entraban en la iglesia tras ellos.
Sir Bloet se desprendió de la espada y se la tendió a un criado, y lady Eliwys y él hicieron una genuflexión, y se persignaron en cuanto llegaron a la puerta. Caminaron juntos hasta la reja que separaba el coro de la nave y volvieron a arrodillarse.
Kivrin y las niñas les siguieron. Cuando Agnes se persignó, su campanita resonó en la iglesia. Tendré que quitársela, pensó Kivrin, y se preguntó si debería salirse de la procesión y llevar a Agnes a un lado, junto a la tumba del esposo de lady Imeyne para desatar la cinta, pero lady Imeyne esperaba impaciente en la puerta con la hermana de sir Bloet.
Condujo a las niñas hasta el frente. Sir Bloet ya se había vuelto a poner en pie. Eliwys permaneció de rodillas un poco más, y luego se levantó, y sir Bloet la escoltó a la zona norte de la iglesia, hizo una leve reverencia, y se dirigió a ocupar su sitio en el lado de los hombres.
Kivrin se arrodilló con las niñas, rezando para que Agnes no hiciera demasiado ruido cuando volviera a persignarse. No lo hizo, pero cuando se puso en pie, la niña se pisó el borde de la túnica y dio un traspié con un sonido tan fuerte como la campana que seguía doblando en el exterior. Lady Imeyne estaba, por supuesto, justo detrás de ellas. Miró a Kivrin. "



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