Memorias (fragmento)Alberto Insúa

Memorias (fragmento)

"Todos sabemos que "el niño no muere nunca en el hombre", que la infancia es la raíz de la vida y su manantial íntimo y perenne. No hay artista, pensador o inventor que no haya presentido su futuro en esa edad de la inocencia y la sorpresa: en esa edad inerme y, no obstante, la más osada y rápida del pensamiento. El niño se precipita en el pensar, que es entonces adivinar, suponer, presumir. La infancia acumula entre sus errores las verdades que luego se comprueban, se explican o se corrompen y se adaptan al modus vivendi de cada hombre, clase, secta o país. Sólo, tal vez, los niños han sentido el soplo de la verdad universal.
En cuanto a mí, no hay obra alguna de la juventud, madurez o ancianidad literaria en que no haya recurrido a ese manantial inagotable de los recuerdos infantiles. Así, ahora, al pretender una evocación -no descripción- de Santiago de Compostela, del Campus Stellae, la luz que me alumbra es la del lucero de la mañana de mi vida.
Mi padre había sido en La Habana el iniciador del Centro Gallego, la más poderosa se las sociedades regionales de América. También había fundado y dirigía un semanario regionalista, en el que colaboraban, desde España, los más ilustres poetas y escritores gallegos. Su nombre, en plena juventud, "sonaba" entre sus paisanos, y sus amistades en Galicia eran selectas. No sorprenderá, pues, que al descender con su familia de la Ferro-Carrilana en Santiago le esperasen el rector, el secretario y profesores de la universidad, el alcalde, algunos literatos y un hombrecito minúsculo, casi un gnomo, que procuraba aumentar su exigua estatura con un sombrero de copa muy gastado por el uso. Tenía aquel señor una perilla entrecana, unos espejuelos de armadura metálica y una levita que me hubiera servido a mí de gabán. Aquel enano era un grande hombre, un personaje. Me bastó para advertirlo notar el afectuoso respeto y la emoción de mi padre al corresponder a su abrazo, que él hubo de darle poniéndose de puntillas. Se llamaba don Manuel Murguía. Era historiador y escritor ilustre. Había sido el esposo y maestro de Rosalía de Castro. Su monumental Historia de Galicia -que dejó inconclusa- y sus escritos menores, en una prosa intachable, conferíanle el cetro de la literatura regional, en castellano, si bien en Madrid lo ostentase la impetuosa novelista de Los pazos de Ulloa. "



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