El rostro del mal (fragmento)Thomas Berger

El rostro del mal (fragmento)

"Ahora que había perdido su medio de transporte inmediato, no tenía prisa por reunirse con él. Estaba hambriento y tenía que ir al baño. Sabía la dirección de John y podía dirigirse allí perfectamente, pero sólo después de aplacar ciertas necesidades humanas. Había tiempo de sobra para todo: todo estaba girando constantemente, de modo que con paciencia podías volver a encontrártelo todo de nuevo. Esta verdad era el motivo de que nunca hubiera tenido preocupaciones ni arrepentimientos, y de que no pudieran quebrarle el espíritu, por mucho que lo hubieran intentado.
Entró en la recepción del primer motel que encontró y se registró para tener una habitación utilizando una tarjeta de crédito que le había quitado de la cartera al hombre al que aquella mañana le había robado el coche a punta de cuchillo. Como documentación presentó el permiso de conducir del mismo hombre, con una fotografía que se parecía muy poco a él, incluso después de que se hubiera alisado el pelo, pero el empleado del motel no estaba más dispuesto a ponerlo en duda de lo que lo había estado el policía aquel mismo día, quien de hecho ni siquiera miró la fotografía mientras copiaba laboriosamente el largo número allí grabado. Dondequiera que miraras había personas así de perezosas e inútiles.
—¿Podría decirme —preguntó Richie con su sonrisa entrañable— dónde podría tomar una comida de verdad por aquí? No me refiero a esta comida basura instantánea de aquí al lado, hamburguesa servida en el coche, patatas grasientas y todo eso, sino ternera asada, puré de patatas con salsa, pollo a la cazuela, ya sabe lo que quiero decir, espero. Fideos con mantequilla, alubias con tomate, macarrones con queso...
El empleado le devolvió la sonrisa. Era un hombre bajo, de ojos pequeños y cuyo cabello empezaba a ralear, aun cuando no era mayor que él.
—Tiene que ir a la ciudad, a Mahoney’s. Es un bar restaurante que tiene el comedor fuera, en la parte de atrás. —Le dio las indicaciones.
Richie encontró su habitación después de recorrer gran parte del motel, en la zona más trasera que daba a una franja estrecha de aparcamiento de asfalto y, más allá, a la autopista, que seguramente rugiría durante toda la noche. El televisor no tenía mando a distancia y el ventilador del baño, que se ponía en marcha automáticamente con la luz del techo, traqueteaba de una forma que te ponía nervioso. Cobrar casi ochenta dólares por semejante alojamiento más impuestos era un delito, y estaba tan indignado que no vació la vejiga en el inodoro sino en la cama. Su idea era lavarse antes de irse a comer a la ciudad, pero era imposible quedarse en aquella habitación, y de todos modos no tenía ninguna maquinilla con la que ocuparse de la barba que notaba en las mejillas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com