Martin Dressler (fragmento)Steven Millhauser

Martin Dressler (fragmento)

"Martin atendía a todos esos comentarios con cierta indiferencia, pues en el año que llevaba en el Vanderlyn había aprendido a desconfiar de los rumores que circundaban a los huéspedes del hotel; además, su natural discreción y actitud respetuosa le impedían disfrutar de las alusiones burlonas al cuerpo de las mujeres. Incluso experimentaba una suerte de simpatía por la señora Hamilton, el objeto de tantos comentarios maliciosos. Sí, era cierto que era quisquillosa y difícil, y algo maniática, y claro, le gustaba pavonearse con el personal del hotel, pero también era verdad que el pescado se le había servido tibio, como el chef lo había admitido luego; que las doncellas, como bien sabía él mismo, eran a menudo descuidadas con el polvo, que era posible mejorar los servicios del Vanderlyn de muchas y muy variadas formas. Y también era cierto que la señora Hamilton jamás había hablado con rudeza a Martin, que lo había exceptuado de su desprecio generalizado y lo había tratado con una suerte de altiva cortesía que, sin ser amistosa, revelaba cierta conformidad de su parte. En una o dos ocasiones llegó a defenderla enfrente de Charley Stratemeyer, quien decía que no era más que una zorra de clase alta, que caminaba como si hubiera tenido un atizador en el corsé: lo que verdaderamente necesitaba era un puñetazo bien asestado que le volara de una vez su aristocrática dentadura y se la hiciera tragar por su bien nutrido gaznate. Martin, que había reparado en la tendencia de su apacible amigo a referirse en forma violenta y despectiva a las mujeres, dejó pasar el comentario, pero en su mente se situó ante la señora Hamilton como para protegerla de algún derechazo dirigido a su rostro.
Un día ocurrió que la dama cayó víctima de un resfriado. Y si antes era desagradable, ahora se volvió imposible: presionaba el timbre cada cinco minutos para exigir jarras de agua helada, toallas más suaves, pastillas para la garganta, remedios para la tos. Los botones estaban en estado de alerta; Martin se ofreció a subir a su cuarto en cada ocasión, aun cuando no era su turno. La señora Hamilton llevaba ese día un vestido largo y estaba medio sentada y medio echada en el sofá, en la penumbra del recibidor oscurecido por las persianas echadas y las cortinas corridas, con las piernas extendidas entre cojines y cubiertas por una pequeña manta, un brazo apoyado con languidez en el respaldo del sofá, la cabeza reclinada, los ojos a medio cerrar y en la otra mano un pañuelito perfumado con el que se frotaba delicadamente la nariz. "



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