Abel y Ester (fragmento)Géza Gárdonyi

Abel y Ester (fragmento)

"Abel tuvo que marcharse un día de septiembre.
Nos comunicaron por telégrafo que su madre, una viuda que vivía en Bratislava, estaba muy enferma. Esa misma noche Abel tomó el tren.
Padecía una enfermedad del corazón. A veces se desmayaba durante días. Pero desde que vivía sola, nadie sabía nada de su enfermedad. Hasta que alguien del barrio se lo notificó a Abel.
Cuando llegó Abel a casa de su madre, ésta ya estaba inconsciente.
Hacía siete años que no la veía. Desde que tenía quince años, Abel había decidido forjar su destino por su propia cuenta. Estudió y luego trabajó como comerciante.
Tenía una cocina y muebles para el hogar. No parecía ser pobre ni estar sin techo.
-¿Por qué vives con mi madre? -preguntó.
-Vivimos bien, no te preocupes por eso -dijo la paciente. Ya has visto mi casa y el jardín.
La casa sin duda era una choza de una sola habitación y un pequeño jardín. Abel consideraba que el padre o la madre de alguien es algo que ha de ser salvado.
Se sentó pensativo junto a la cama de su madre. Se preguntó qué podría hacer para ayudarla. Sabía que debía hacer algo.
Se trataba de su madre.
Porque Abel la amaba tiernamente. El domingo le envió una carta a la anciana. Había decidido escribirle todos los días de la semana. Y la anciana le devolvía la respuesta, pero en sus cartas sólo le daba algunos consejos para cuidar de su salud o preservar su ropa interior y sobre todo para ahorrar dinero, algo fundamental en esta vida tan difícil.
Abel no solía ser muy precavido con el dinero, aunque siempre prometía que cuando reuniera más de cincuenta florines, ahorraría algo.
Se sentía muy ansioso, sentado junto a la paciente.
La anciana dijo:
-Es domingo. ¿Qué haces aquí?
-Descansa madre. Quería caminar.
-¿No jugarás las cartas?
-Nunca más.
-¿Quieres beber algo?
-No me gusta el vino.
-Entonces márchate.
Suspiró. "



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