Horno (fragmento)José de la Cuadra

Horno (fragmento)

"Un balido quejumbroso hirió sus oídos. Miró en todas direcciones. Sus ojos escudriñadores buscaban en la noche el lugar donde estaría el animal que había gritado su lamento.
Lo descubrió, al fin. Allá, allá, al pie de una pequeña eminencia de arena, se agitaba un bultito prieto.
José Tupinamba comprendió. El Santos, que ayudaba a su padre en el pastoreo del rebaño, había dejado una oveja —ésa- hiera del redil, olvidaba. Presa de una suerte de loco terror, el indio corrió, corrió por los caminos de los cerros, sin cuidarse apenas. El poncho le flameaba como una banderola al viento. Las alpargatas golpeteaban la tierra en un tan-tan brevísimo. Pensaba. Su pensar-agitado y sacudido en los movimientos del traslado violento-, habría sido intraducible de quererse expresarlo con palabras. Era una eclosión de miedo. El miedo ancestral al amo, que se le había bajado a los pies y le calentaba motores para correr, llameábale un tanto en la cabeza, bajo el casco de cerdas, y le encendía pensamientos. ¡Ah, si el peno que guardaba el rebaño, percibiera el balido de la oveja extraviada! ¡Ah, si —entonces— ladrara su aviso! Se despertarían los animales tímidos en un atolondrado coro de balidos angustiados, y el mayoral, que cerca de esos lugares vivía, se daría cuenta cabal de lo ocurrido.
Veía ya el indio sobre sí las sanciones horribles: el látigo...el destierro en la puna lejana.. el trabajo en la mina de azufre, hundido en los socavones, bajo las capas inestables que se desmoronan enterrados vivos a los zapadores...De nada valdría, para evitar el castigo, que su mujer —la Chasca- hiciera, como hacía, cerca del amo —en la hacienda— ejercicio de huacicama y de querida; de nada valdría que la Chasca —la pobre huarmi —hubiera de dejar a su hijita de pechos confiada al cuidado amoroso y torpe del marido, para ir, cada noche, a matar las lujurias del señor. "



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