El cisne (fragmento), de Historias extraordinariasRoald Dahl

El cisne (fragmento), de Historias extraordinarias

"Los dos muchachotes volvieron a subir por el terraplén y se sentaron sobre la hierba detrás de unos arbustos. Ernie sacó un paquete de cigarrillos y ambos encendieron uno.
Peter Watson, tendido entre los raíles sin poder hacer nada, comprendió que no iban a soltarle. Eran un par de chicos locos y peligrosos. Vivían para el momento y jamás se paraban a pensar en las consecuencias. Peter se dijo que tenía que procurar mantenerse sereno y pensar. Permaneció tumbado, totalmente inmóvil, sopesando sus probabilidades. Estas eran buenas. El punto más alto de su cara era la nariz. Calculó que la punta de la nariz sobresaldría unos diez centímetros por encima de los raíles. ¿Sería demasiado? No estaba muy seguro del espacio libre que quedaba entre el suelo y las dieciséis modernas. Desde luego no era mucho. La parte posterior de su cabeza reposaba sobre la grava suelta que había entre dos traviesas. Debía tratar de hacer un pequeño hoyo en la grava. Así, pues, empezó a mover la cabeza de un lado a otro, apartando la grava y formando gradualmente un pequeño hueco en el que meter la cabeza. Al final calculó que había bajado la cabeza cinco centímetros más. Eso bastaría para la cabeza. Pero, ¿y los pies? También ellos sobresalían. Solucionó el problema echando los dos pies atados hacia un lado hasta colocarlos de forma casi paralela al suelo.
Se quedó esperando la llegada del tren. ¿Le vería el maquinista? Era muy poco probable, ya que aquélla era la línea principal Londres-Doncaster-York-Newcastle-Escocia y en ella se utilizaban locomotoras grandes y largas en las que el maquinista ocupaba una cabina situada muy hacia atrás y sólo estaba atento a las señales. En aquella parte del trayecto los trenes solían circular a unos ciento veinte kilómetros por hora. Peter lo sabía. Se había sentado en el terraplén muchas veces para verlos pasar. Cuando era más pequeño solía apuntar el número de los trenes en una libretita y a veces en el costado de la locomotora había un nombre escrito con letras doradas.
Se dijo que, de un modo u otro, iba a ser una experiencia aterradora. El ruido sería ensordecedor y el silbido de un tren circulando a ciento veinte kilómetros por hora tampoco iba a resultar muy divertido. Durante unos momentos se preguntó si el tren, al pasar velozmente sobre él, crearía algún tipo de vacío que tiraría de él hacia arriba. Podía ser que sí. De manera que, pasara lo que pasara, tenía que concentrar toda su atención en mantener todo el cuerpo bien apretado contra el suelo. Debía evitar que el cuerpo perdiera su rigidez. Debía permanecer tenso, apretándose contra el suelo."
Los psicólogos, al estudiar los hechos de la vida mental, han reconocido ya en muchos de ellos, no una sucesión de dentro a fuera, sino de fuera a dentro. Quiere esto decir que su origen no se encuentra en la misma mente, sino en lo exterior, en el corporal movimiento, en el gesto, en la actitud. Entonces aquellos afirman que el fenómeno de que se trata tiene un origen periférico. Así, en la teoría de las emociones, se ha popularizado ya la aparente paradoja de que no lloramos porque estemos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Así, en la cuestión de la creencia, la intuición formidable de Blas Pascal alcanzó ya a aquel “¡Lo primero, tomar agua bendita!“, a que podría darse forma análoga a la anterior, diciendo que no tomamos agua bendita porque creamos, sino que creemos porque tomamos agua bendita. Así también, en lo que se refiere a la adquisición de conocimientos, múltiples hechos alegados por los hombres de ciencia nos conducen a la tesis de la prioridad del conocimiento sobre el interés; porque es caso demostrado que, para que el interés se despierte por algo, es ya necesario, como previa condición, algún conocimiento de lo que llega a interesar; no siendo acaso el interés, sino la traducción afectiva de aquel conocimiento. "



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