Lapidario (frgmento)Miguel Ángel Murado

Lapidario (frgmento)

"Un día me desaparecía una bota, otro día un pañuelo; otro era una de mis corbatas, robadas por los campesinos que insistían tozudos en ver en mí un santo que hacía milagros. Así, mis botas, mis pañuelos, mis corbatas, atados al pescuezo de la vaca o sobre la frente del niño, debían curar las enfermedades y salvar las vidas desesperadas.
Más tarde, cuando la muerte me llegó a mí, no podían entender que yo mismo no tuviese fe. Por todo el valle corrió la noticia: “¡El doctor Leiras murió sin comulgar!”, y en las casas de Mondoñedo comenzó un rezo temeroso por mi alma que, decían los curas, iba camino de la condenación eterna.
Y sin embargo, fueron miles los que acompañaron mi féretro a la tierra que me correspondía, en el “camposanto de los extraños”, de hermoso nombre, donde reposaban los desconocidos, los suicidas, los hebreos y los ateos; los muertos sin confesión ni comunión.
Y, cuando el cortejo marchó, allí, en aquella tierra pura, me sentí un poco solo mientras caía la noche en el mundo.
Entonces, sucedió esto: De todas las aldeas de los alrededores fueron llegando en silencio los labriegos, que traían sacos de tierra sagrada de sus cementerios parroquiales: tierra sagrada del camposanto de Quende, de Santa María Mayor, de Viloalle... Y, sin decir una palabra, volcaron esa tierra bendita sobre mí, queriendo desesperadamente darme el Cielo, contra la opinión del mismísimo Dios, si era preciso.
No entendían que yo no necesitaba de esa ingenua bendición. No entendían que, en aquel lugar, entre los niños pequeños del Limbo, muertos al poco de nacer, antes del bautismo –los mismos que como médico no pude salvar a pesar de mis esfuerzos-, estaba mi lugar. Escuchando sus vocecitas, llamándose unos a otros en la oscuridad, me di cuenta de que estaba entre los inocentes, en la más sagrada de las tierras. "



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