Ruido. Relatos de guerra (fragmento)Miguel Ángel Murado

Ruido. Relatos de guerra (fragmento)

"Las líneas de frente son caprichosas. Están trazadas por una mano nerviosa en la oscuridad. En Os. la línea pasaba cerca del zoo de la ciudad. La JNA había hecho retirarse a la milicia croata hasta aquí y ahora el zoo era un punto estratégico defendido por un pequeño destacamento de las HOS y de las MUP. La artillería batía diariamente el perímetro del zoo y por las noches las milicias irregulares, los chetniks barbudos y creyentes, hacían internadas hasta las mismas puertas del complejo en ruinas para dejar caer bombas de mano por las ventanas.
Los animales seguían allí mientras tanto. A la mayoría no era posible trasladarlos a otro lugar más seguro. Tampoco había con que alimentarlos. Agonizaban en las jaulas, aterrorizados por el ruido.
En esta visita a los círculos dantescos me acompañaba el comandante Hervé, como un Virgilio oscuro. Como él era un poeta maldito, pero su maldición se la había buscado él mismo. Se trataba de un mercenario franco-argelino, un tipo sensible, culto y criminal. Amaba la poesía de Whitman y apretar el gatillo. Era la tercera vez que nos encontrábamos en distintos lugares el mundo. Ya nos conocíamos.
Aquella era su poesía y estaba feliz. Sonriendo con la boca y el ojo que aún le quedaba, este cíclope en uniforme de la HOS me iba explicando el zoo y lo que había en cada jaula, como en una absurda visita guiada, iluminada por la artillería, mientras por encima de nuestras cabezas pasaban zumbando las balas con ese sonido seco y casi metálico, como de alambre.
-Aquí estaban las cebras -dijo, refiriéndose a un habitáculo desecho que aún despedía un fuerte olor acre-. Una explosión les abrió la puerta y se escaparon. Fue impresionante -decía- Pasaron entre nosotros como centellas y corrieron hacia ellos, quién sabe por qué. Las abatieron con fuego de ametralladora. Siguen allí, en tierra de nadie.
En el patio de cemento de los pingüinos vi a los dos que quedaban vivos. Corrían despavoridos entre los restos de sus compañeros, inmóviles como pájaros disecados, mordisqueados por la metralla, descoloridos.
No todo lo que contaba Hervé parecía proceder de una mente racional ni pertenecer a la realidad, pero a medida que proseguíamos por el laberinto fétido de jaulas abiertas, y lamentos y bestias atrapadas, todo parecía posible. Protegidos en los muros de las jaulas deshechas, en las dependencias y en las oficinas, los milicianos hacían su trabajo, indiferentes a los extraños animales que, sueltos y muertos de miedo, vagaban por todas partes. "



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