Un legado. Friedrich Schiller (fragmento)Theodor Heuss

Un legado. Friedrich Schiller (fragmento)

"Hablemos abiertamente de esta situación. En 1859 Schiller habría cumplido cien años en medio de un sentimiento popular natural y espontáneo con cierta base "política". ¿Habría sucedido lo mismo medio siglo después? ¿Cuál es el fundamento de la muerte? No me atrevo a valorar ni manipular la póstuma valía de Schiller como indiscutible miembro de honor del partido.
Recientemente, cuando en un acto en Pankow se citó la figura de Schiller, sobrevino cierta agitación: Schiller goza de unas prerrogativas expresadas dramáticamente, en circunstancias atenuantes que no minusvaloran ni un ápice el idealismo que no ha logrado el materialismo dialéctico -de lo contrario, un hombre honorable habría sido adscrito como figura progresista ideal del socialismo revolucionario-. Dejemos este tema, puesto que el espíritu docente requiere liberarnos de los clichés propagandísticos para poder avanzar más lejos.
Siento cierta predilección por decepcionar a aquéllos que piensan que, por mi condición de presidente, mi trabajo es promocionar la imagen actual de Schiller. Es un trabajo excesivo para mí, pero me sienta bien.
Ante nosotros tenemos dos Schiller: la figura legendaria efectivamente simplificada y el ser concreto, real, enredado en la trama vital, que se mostró muy crítico y reflexivo en relación a sus poemas y a los pensamientos plasmados en su trabajo. La fama y el éxito, sin duda, pueden generar una cierta desconfianza en relación al proceso de autoformación de sí mismo.
Hemos indicado una controversia entre la leyenda y ser que se forma a sí mismo. ¿Algún comentario? El hombre que escribió el hermoso poema "Los dioses helenos" en la escuela primaria era un latinista, no voy a decir un romano. Hallamos puntos conmovedores en la correspondencia que mantuvo con William von Humboldt, en relación a pistas para leer la lengua griega con mayor corrección. Humboldt no recomendaba en cambio a Kant y su teoría estética. No deja de ser llamativo que ni Goethe ni Schiller estuvieron nunca en Grecia, así como Micenas y Tirinto, pero vivieron en medio de un cierto auge de lo romano. Gracias a Schiller hemos podido degustar las magníficas traducciones de las obras virgilianas. Sé que "traducción" es una palabra inadecuada. La lectura de la Eneida es un placer para toda la vida, pero he de reconocer que el esplendor y la flexibilidad de la lengua alemana, en su concepción formal, no se ha liberado aún de la época barroca, de las peligrosas paradojas denunciadas por Schubart. "



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