Vida y milagros del gloriosísimo San Millán (fragmento)San Braulio de Zaragoza

Vida y milagros del gloriosísimo San Millán (fragmento)

"Aún falta expresar el último motivo por que preferí confiar todo esto a pobres páginas que encubrirlo con lento silencio; y es que en estas verdades el prolongado callar de los antecesores no perjudicase al asentimiento que deben prestarles los que vengan después.
Mas para decir algo a los que se empeñan en hacer ostentación de su elocuencia, sepan que deben tenerse en poco las bufonadas de los detractores; pues a los cristianos humildes y pequeños no les propone el derecho eclesiástico que sigan la vana verbosidad, ni la ligereza de la inquietud humana, ni, finalmente, la vanagloria de mostrarse en público, sino la gravedad sobria, modesta y justa de la verdad. A fe que es mejor decir verdades con poca erudición que mentiras con mucha elocuencia: lo cual se entiende muy bien en los Evangelios del Salvador, que se predican al pueblo en estilo sencillo. ¿Será por eso que yo, llevado de mi impericia desprecie la elocuencia de los varones prudentes? De ningún modo; lo que repruebo es la inveterada ligereza de la gente mordaz. Pues no pienso que los varones honestos, prudentes y graves hayan de incomodarse conmigo por el poco gusto de esta obra, puesto que saben que en la casa del Señor debe ofrecerse aquello que cada uno puede, y que le es aceptada hasta la ofrenda de las cosas de menos valor. Pero aun a las personas que de elocuencia se precian, si quisieran tratar este asunto, no sólo no les faltaría materia, como antes he dicho, sino que no podrían explicarlo todo, Por lo cual, aunque aprendí algo de las letras humanas, en manera alguna quise aprovecharme aquí de ellas, por no causar dificultad en el entenderlo a los menos instruidos, ni turbar los reales de Israel con el lenguaje de Jericó.
Habiendo, pues, de decir lo que me propuse, quiero advertir al que leyere u oyere, que no preste a ello su atención con la avidez curiosa de la palabra, sino lleno de espíritu religioso; pues si espera saciarse de palabras, no pase adelante, porque gastaría el tiempo en vano. Mas si desea conocer lo que voy a decir, lléguese a oírlo con devoción; y sepa ante todo que se refieren aquí algunos hechos que todos debemos imitar, pero también se refieren ciertas cosas tan propias y exclusivas de aquel varón santísimo, que nadie sin daño de sí mismo podría proponérselas para imitarlas; las cuales, sin embargo, deben ser incentivos para que, admirados alabemos a Dios, porque a la generalidad le conviene guardar preceptos generales, y sólo han de gozar de especiales dones aquellos a quienes el Todo Poderoso mandó que se diesen. Y esto es conforme a lo que juzgan los jurisconsultos respecto a los beneficios que se hacen por mandamiento de los príncipes.
Ni volveré a repetir lo dicho arriba, ni ensalzaré a sus abuelos o bisabuelos, como hacen los retóricos; pues, aun según éstos, más los merece quien nació de humildes padres, si con sus buenas obras ennobleció la bajeza de su alcurnia.
Ayudando, pues, a nuestros intentos Jesucristo y las oraciones del mismo varón santo, comencemos también nosotros por el principio de su conversión, describiendo su vida desde que tuvo casi veinte años de edad: porque los venerables sacerdotes de la Iglesia de Cristo Citonato, Sofronio y Geroncio, presbíteros de santa y purísima vida, a quienes no da la Iglesia poco mérito, nos contaron fielmente lo que vieron. A estos fidelísimos testigos se agrega el testimonio de la muy religiosa Potamia, de santa memoria, que con la nobleza de su vida realzó la nobleza de su linaje. Estos cuatro escogí por testigos de los milagros que hizo en vida, además de los testimonios que pueblos y provincias dan de esto, como lo acredita casi toda España. Por eso necesariamente omitimos aquellos que por su frecuencia se han hecho casi cotidianos; porque, como antes dijimos, no es posible escribirlos todos: y si alguno desea saberlos, ciertamente que mejor los creería viéndolo por sí mismo. Pues, como empecé a decir, los sobredichos testigos refirieron que su conversión y vida fue así.
El que había de ser pastor de hombres era pastor de ovejas, y las guiaba a lo más escondido de los montes. Y, como es costumbre de pastores, llevaba consigo una cítara para que, asistiendo a la guarda de su ganado, el decaimiento no se apoderase del alma ociosa y no ocupada en algún ejercicio. Como llegase al lugar ordenado por Dios, le vino un sueño del cielo, porque aquel artífice de los puros corazones, con grande artificio suele hacer su oficio; y convirtió el material de la cítara en instrumento de letras, y levantó el alma de un pastor a la contemplación de cosas soberanas. En despertando, trató de consagrarse a la vida celestial, y dejando los campos, caminó para el yermo. "



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