Esther (fragmento)Miguel Cané

Esther (fragmento)

"Y la dulce criatura se abandonaba sobre el brazo del amigo, como si la bienaventuranza les hubiese cubierto con su manto estrellado, como si la tierra fuera la atmósfera azulada y la naturaleza toda, el Paraíso terrenal.
Los que no ven en el amor de la mujer más que la expresión de un deseo material, no pueden comprender la arrobación del alma, cuando otra alma cándida y buena viene a los labios de la mujer amada a murmurar las sensaciones simpáticas que le bullen en el pecho; ignoran que cada aprobación, cada sílaba que se escapa arrancada por la plenitud del contento, es un beso, y un beso como se dan los ángeles, sin mancha ni temor; ignoran la actualidad de la existencia de toda criatura, la una que refleja a la divinidad, inmortal, y la otra que se arrastra en el fango de esta vida terrenal, y por lo tanto, son seres imperfectos, defectuosos.
-Dejemos ahora a los pueblos y hablemos de nosotros, dijo Eugenio a Esther. No es de ayer que nos conocemos, y buscando en la memoria, podremos encontrar sin esfuerzo, me parece, algún recuerdo no muy remoto ni muy borrado. Hoy, sí, hoy hace ocho días que la vi a Vd. en San Miniatto, sola completamente, en medio de esas ruinas del tiempo y me pareció descubrir el ángel de la resurrección; yo la veía a Vd. examinar una por una esas paredes que la mano descarnada de los siglos ha rasguñado por todas partes; y creí de veras que buscaba Vd. alguna cosa.
-Sí, amigo mío, quería descubrir algún vestigio de esos antiguos frescos tan aplaudidos, de que no quedan ni rastros.
-Mi investigación era más fácil: -Vd. sabe que en esa torre de San Miniatto se defendió la ciudad de Florencia, cuando fue atacada por el ejército de Carlos V, combinado con el de Clemente VII, que procuraba colocar en el poder a su sobrino Lorenzo de Médicis; me había propuesto subir a esa torre para poner mis pies donde puso los suyos el gran artista, el siempre sublime Miguel Ángel, porque el autor del David peleó allí como simple soldado por la libertad e independencia de su patria.
-¡Ah! ¿Miguel Ángel ha peleado también?
-¿Cree Vd., amiga, que quien puso sobre la frente de David esas arrugas que respiran guerra, victoria, heroísmo, no sentía dentro de sí mismo todos los sentimientos que traducía? En mi país hay un proverbio vulgarísimo que se puede aplicar muy bien a las bellas artes -«nadie da sino de lo que tiene.» Miguel Ángel era sublime de alma y de corazón, y por eso sus obras son sublimes sobre todas las otras; Bandinelli era pobre, mezquino de carácter y por eso produjo esa caricatura que está al lado del David, con el nombre de Hércules, que no se sabe si representa una criatura de nuestra especie o un animal de género desconocido. Su grupo del Laocoon parece más bien un hacinamiento de furias que la representación de esa fábula tan patética, mientras que el Adonis de Miguel Ángel que está al lado invita al llanto; tal es la verdad de la situación y lo perfecto de la obra. Rafael nos ha dejado el tipo de la belleza celestial, porque él era divino en su alma de niño y cuando quiso darnos una prueba de su amor mundano, arrojó a la posteridad el retrato de su Fornarina, que tan bellamente figura en la Transfiguración. ¿No lo ha visto Vd.? Me parece el tipo del placer no de la criatura. La Fornarina volvería loco de amor al estoico más fanático, y Rafael tuvo razón de amarla tanto. En ella ha colocado el deleite sus formas más picantes, como ha colocado en Vd., Esther, sus cualidades más dulces, porque Vd. es más bien un ángel que una mujer. El carácter de su físico revela su alma, y yo amo el alma, Esther, cuando la forma que la encierra no inspira carne, como los lobos. "



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