El viaje de la profesora Bellini (fragmento)Pedro Mairal

El viaje de la profesora Bellini (fragmento)

"Otra foto mostraba un torso de mármol. Era el inmenso torso de Poseidón, que había estado en el museo de la Acrópolis. La profesora Bellini se había quedado un rato mirándolo impresionada. La figura llegaba casi hasta el techo, se habían perdido las piernas, el sexo, los brazos, la cabeza, pero había quedado el torso, que mostraba la respiración de un dios. El mármol parecía vivo, tumbado en el reposo de un nadador gigante. Ella había sacado la foto tímidamente, arrepentida de inmediato por rebajar así las fuerzas del dios del mar a las proporciones mínimas de su cámara pocket. Porque le parecía que las cámaras pocket tenían algo mezquino, que le hacían un pellizquito a la realidad y lo metían en el bolsillo, como un robo minúsculo, algo indigno. Y después esas fotos se revelaban al volver, en una hora, en el local de un shopping cercano y los familiares la pasaban rápido, sin interés, hasta que iban a parar al fondo del placard con el resto de las cosas que acumula el tiempo, y mejor no pensar lo que hacían los deudos con esas fotos.
Una vez ella había visto en una esquina, a pocas cuadras de la Plaza Irlanda, una de esas grandes bolsas negras de basura con un tajo del que habían caído unas fotos viejas. Las recordaba bien, tenían un borde blanco troquelado, mostraban a un hombre y una mujer en un lago del Sur, y había otras de un asado en un lugar parecido al Tigre, bajo unos eucaliptos, hacía muchos años. En la foto de la profesora Bellini, el torso de Poseidón parecía un pedazo de una escultura chiquita, mal iluminada. Y las otras fotos tampoco le gustaban. Siempre había, en el fondo turistas de colores fluorescentes. Seguramente ella también estaría al fondo de las fotos de otros, en el álbum de alguno de todos esos japoneses, norteamericanos, alemanes o franceses que había visto durante el viaje; ella estaría en sus fotos, en segundo plano, desprevenida, caminando sola entre las ruinas, vista de distintos ángulos, mínima. Porque era imposible sacar fotos sin turistas estorbando; estaban por todos lados, formaban una nueva raza de bárbaros globales a la cual la profesora Bellini le había avergonzado pertenecer. Lo invadían todo y eran torpes y ruidosos, con gorras de béisbol y mochilas y anteojos de sol, gritando en todos los idiomas. Llegaban para desacralizar, con el mismo impulso de llevarse algo a casa que tenían los antiguos, saqueadores pero atemperado ahora por las filmadoras y las réplicas del bazar de los museos. Todos esos vikingos esponsoreados por Adidas, invadiendo los restos de la Antigüedad clásica, dejando su basura, sus latas, su ridículo. La profesora Bellini había visto a una mujer parada detrás de una escultura contemplando los brazos y la cabeza que le faltaban a la figura de mármol para que el marido le sacara una foto.
Pero la profesora Bellini no mencionó ninguna de esas cosas y empezó a virar su relato con tono instructivo hacia la zona de las islas Cíclades. "



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