La felicidad perfecta (fragmento)Anjel Lertxundi

La felicidad perfecta (fragmento)

"Controlando a duras penas la rabia, empiezo a tocar el piano. Unas escalas a gran velocidad, para desentumecer los dedos. Mi cuerpo, al moverse, proyecta sombras sobre el negro del piano, sobre las viejas fotos colgadas encima de él, sobre el blanco de la pared.

Ataco Bonheur parfait. A borbotones, dando salida al enojo interior, sin cuidar lo más mínimo el equilibrio en la relación entre ambas manos. Concluida la pieza, miro el reloj: cincuenta y dos segundos. La versión de la pianista Maria-João Pires —modelo que seguimos en la academia— dura un minuto y siete segundos. Le he sacado quince segundos, ¡en una pieza que dura poco más de un minuto!

Pongo en marcha el metrónomo y tomo aire para serenarme. Hago crujir los nudillos. Cierro los ojos, y ataco los pianissimo iniciales, con toda la conciencia puesta en cada movimiento de los dedos: quiero que cada mano trabaje como es debido. Salgo bien parada de la transición que hace pasar el protagonismo desde la mano derecha a la mano izquierda, también me sale con toda nitidez el inmediato cambio de tono, y, tras el fragmento en que las notas avanzan al trote, concluyo la pieza con el temple requerido por los últimos compases. Un minuto y cinco segundos. ¡Muy cerca del modelo, y sin graves errores! Acometo la pieza por tercera vez, ahora sin metrónomo.

El resultado fue parecido al anterior, un par de segundos arriba o abajo. Estaba perpleja, ¡podía proclamarme en estado de bonheur parfait!: conservo con toda precisión en mi memoria la felicidad de aquel momento. Desde que empecé a tocar el piano, aquél ha sido el momento más importante, porque entonces comprendí, en la práctica, no en teoría, el verdadero sentido de la metáfora que la profesora empleaba tan a menudo: "La técnica y el talento son como dos amantes". Hacía crujir los nudillos antes de proseguir su discurso: "El resultado artístico depende de la relación que se establezca entre una y otro". Pero, por lo que a mí respecta, la metáfora de los amantes dejó de ser, el día del asesinato, una mera frase: como en una experiencia carnal, sentí que técnica y talento se unían en mis dedos. "



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