La sobremesa del 15 de agosto (fragmento)Joxe Austin Arrieta

La sobremesa del 15 de agosto (fragmento)

"La verdad es que no resulta nada fácil tomar una decisión acertada, sobre si conviene o no que esta ventana esté abierta. Los balcones que dan a la calle creo sí lo están, pero se hallan tan lejos de la cocina que, por mucho que mantengamos de par en par todas las puertas interiores de la casa, no llega hasta aquí ni la más mínima brizna de aire. Y casi mejor que no llegue, piensas, ya que en la calle tampoco se podrá respirar otra cosa que no sea el pegajoso y asfixiante viento sur de las primeras horas de la tarde de este 15 de agosto.
Vuelves a sentarte, y observas los rostros del aita y de la ama, saturado el uno, sofocado el otro, y la mano de la ama, con sus venas en bajorrelieve, derramando a nuestras tazas el negro reguero del café, y los ojos amarillentos del aita, escondidos tras la nube de vapor. Maite retira de la mesa los platos de postre y los lleva a la fregadera: platos blancos y rastros amarillos de natilla. Arantxa, que acaba de encender el calentador del agua, se dirige a Maite y le dice: «venga, maja, que hoy te toca a ti». La ama se acerca a la cocina de gas y empieza a verter detergente en polvo sobre el fogón, mientras Maite replica: «no señora, yo fregué ayer». El aita palpa cuidadosamente el puro, le da vueltas y lo huele con fruición. Arantxa afirma que el turno para el fregado de los cacharros nunca lo han llevado día a día, sino domingo a domingo y que, claro, no es lo mismo la vajilla de un día normal y la de un día de fiesta, «pues no hay diferencia ni nada, maja: venga, no te hagas la longuis». «Pero si hoy no es domingo». «¿Y qué?, pero es un día de fiesta». El aita enciende el puro: una corona incandescente se forma en la cima del «Montecristo», exhala las primeras bocanadas grisáceas y hace un gesto de aprobación mirando a la punta del habano: «tira bien». «El domingo que viene lo hago yo y en paz», dice Maite.
«Ni hablar, oye, que no es lo mismo, que el domingo que viene usaremos un solo plato», le contesta Arantxa.
«Bueno, ya basta» -interviene la ama, intentando cortar la discusión- «¡qué raro que vosotras dos estéis siempre a la greña!»; no parece, sin embargo, que ambas hermanas estén dispuestas a llegar a un acuerdo, así que probablemente tardará en amainar su cuchicheo junto a la fregadera.
Observas su disputa con cierta curiosidad, aunque con indudable desapego e incluso aburrimiento: al fin y al cabo, piensas, esas son cosas de mujeres y tú eres el chico de la casa. Coges un «Ducados» del paquete de aita y «mira qué bonito» -dice la ama, con una voz que denota una muy débil convicción- «un mocoso de dieciséis años y ¿fumando?», pero sí, hoy es un día especial y sí, hijo, «déjale mujer», dice el aita un tanto bruscamente, y percibes en su voz, y sobre todo en el guiño que te hace, el signo de una complicidad satisfecha, como si quisiera decir: «tú y yo nos entendemos bien, hijo, tú eres el chico de la casa, el hijo estudiante de la casa».
A través de la ventana del patio penetran los olores a aceite frito y café recién hecho de las trece cocinas de la vecindad, y tú enciendes el cigarro. Por fin es Maite la que friega y Arantxa la que seca. «¡Qué bochorno más asqueroso!» -dice el aita, y acerca la taza a sus labios: su rostro aparece difuminado por el vapor del café y la nube del humo del habano- «y además, con todo este humo? ¿por qué no volvéis a cerrar esa ventana?».
«Espera un poco, hombre, hasta que se vaya el de nuestra cocina» -contesta la ama, mientras sigue restregando el fogón con un estropajo. Maite pasa uno a uno bajo el grifo los platos hondos blancos, para que el agua caliente vaya desprendiendo las adherencias de granos de arroz, que caen a la fregadera; a continuación pone a remojo los otros platos, también uno a uno, en un balde de agua con jabón. Arantxa tiene en sus manos un trapo blanco a cuadros rojos, que ha sacado del armario grande del otro extremo de la cocina, y aguarda de pie junto a la fregadera su turno para secar la vajilla. Tú das las primeras caladas al cigarro, y el aita comenta: «pero eso si, más te valdría que no cogieras el vicio de fumar, que luego cuesta mucho dejarlo».
«Así es, no conozco otro vicio más tonto que ése: tragar humo y echar humo», añade la ama.
«Para humo, el que hay en esta cocina, maldita sea» -dice el aita- «ni el mismísimo Císcar echaba tanto, cuando tuvimos que escapar a toda máquina» -y te das cuenta de que la última parte de su frase la ha dicho inclinando un poco su cabeza hacia ti. La historia del Císcar, piensas, no la has contado cientos de veces, aita, pero en fin, siempre te las apañas para añadir algún detalle nuevo: «¿cómo fue eso, aita?», preguntas.
Él clava sus ojos ?las bolsas moradas de sus ojeras resaltan sobre unas mejillas tersas y brillantes por el sudor- en la corona de ceniza del cigarro habano, y pasa la mano derecha por las arrugas de su frente y de la calva oronda de su cabeza, como si quisiera escardar los recuerdos. Los pequeños ojos amarillentos de tu padre: diabetes, aita, estás jodido, aita, piensas. En estos momentos de pausa, llega con total nitidez a nuestros oídos, aún en medio de la relativa algarabía del patio, el canto monótono de la perdiz presa. Hicisteis todo lo posible, aita, es cierto. La radio del patio también ha enmudecido. "



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