El ferrocarril (fragmento)San Antonio María Claret

El ferrocarril (fragmento)

"Don Prudencio. Muy acertada es esa reflexión, porque las verdades, no porque dejen algunos de pensar en ellas o de creerlas, dejan ellas de existir; ni destruyen su existencia con burlarse de los testigos que las afirman y aseguran, con perseguirlos, con quitarles la vida. No; nada de eso puede aniquilarlas, porque, independientes en sí, subsisten a pesar de los hombres y de cuanto hagan o dejen de hacer los hombres. ¿Cesaría, por ventura, de ser una verdad que haya una ciudad llamada Pekín; que haya otras y otras que se llaman Londres, París, Madrid, Roma, etc.; que en ellas haya esta o la otra forma de gobierno; que la justicia se administre en ellas de esta o de aquella manera; cesaría, digo, todo esto de ser verdad, aunque alguno o algunos o muchos mentecatos lo negasen, aunque insultaran o maltrataran a cuantos lo dicen y afirman? Pues, he aquí nuestro caso. Existe un Dios omnipotente. Así lo publican y aseguran testigos fidedignos e irrecusables como lo son los cielos, la tierra y todos los hombres morigerados. Este Dios crió de la nada todas las cosas y todas las conserva. Este Dios crió a los hombres todos para que le sirvan durante el tiempo, y sean felices con él mismo durante la eternidad. A todos los crió libres, esto es, con facultad de obrar o dejar de obrar el bien que él les manda, y aun de hacer el mal que él les prohíbe, para que se vea claramente la voluntad humana en conformidad u oposición con la divina, y resalten así más y más méritos o deméritos de aquella, según los cuales dará Dios el correspondiente premio o castigo, el cielo para los buenos, el infierno para los malos.
Estas, como todas las demás verdades, existen por sí mismas, y por más que griten y forcejeen contra ellas, no podrán los impíos é incrédulos menoscabarlas o eludirlas. Ellos morirán; serán juzgados, y el fallo que caerá sobre ellos será sin falta una sentencia condenatoria, proferida por boca de aquel mismo Juez que tanto aborrecen ahora y afectan desconocer: Apartaos de mí, malditos, les dirá el Señor, id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus secuaces!... Mientras les llega tan infausta suerte, padecen ya no poco, como que dan coces contra el aguijón. Padecen y dan mucho que padecer; se lastiman a sí propios, y lastiman cuanto pueden a los demás; van descaminados, y hacen cuanto les es posible para descaminar a los otros y arrastrarlos consigo al abismo. Los justos, empero, siguiendo la sólida y recta senda de la justicia, en que se hallan encarrilados, son ya felices en cuanto es posible serlo en este infeliz mundo, y guardando siempre el mismo tren de vida, andan y adelantan mucho sin cesar hacia la patria, a donde llegarán con prontitud y seguridad.
- Permítame V., Sr. Don Prudencio, dijo Don Juan. No le parece a V. que entre lo que V. acaba de decir y lo que vemos sucede en los ferrocarriles hay bastante similitud?
Don Prudencio. Precisamente esta era mi idea, e iba yo a servirme de ese mismo símil o comparación. Efectivamente; necesitando los hombres trasladarse de un punto a otro, de esta a aquella ciudad, de este a otro y otros reinos, procuraron siempre tener y conservar caminos abiertos, y, para verificarlo con mayor comodidad y presteza, el ingenio humano inventó últimamente los ferrocarriles. Por su medio y andando cuidadosa y constantemente por los carriles o líneas, se adelanta mucho en poco tiempo y con toda la comodidad posible. Mas, si por este o aquel accidente las ruedas abandonan las líneas, ¡ay de los viajeros! que, a no ser por un milagro del cielo, experimentan entonces las mayores desgracias, como la que estamos lamentando... He aquí ahora la aplicación: Todos los hombres estamos llamados a emprender y seguir el camino de la Jerusalén de la gloria. El mismo Dios nos lo ha trazado, y ese camino no es otro que el amor. Como los caminos de hierro, tiene este dos líneas que son: amar a Dios, y amar al prójimo. La locomotora es la caridad, que anda con celeridad mayor o menor en razón directa de sus grados de calor, o sea, de amor. Cada uno de los coches en que andan las gentes, lleva el mismo nombre, que es la voluntad de Dios. Todos y cada uno de ellos tienen cuatro ruedas: las dos delanteras son la Religión y la Moral: las otras dos son la Obediencia a la Autoridad eclesiástica y la Obediencia a la Autoridad civil. Si estas cuatro ruedas andan todas, y todas andan por las dos líneas marcadas, los viajeros andarán mucho camino y llegarán felizmente a la ciudad de la Gloria, sin percances ni cansancio, y con todas las riquezas de méritos y obras buenas que atesoraron y llevan consigo. ¡Desgraciados, empero, todos aquellos que por su criminal negligencia o malicia dejan que las ruedas de su coche salgan de los carriles que tiene trazados! pues precipitándose entonces unos sobre otros y maltratándose confusa y horriblemente van rodando todos sin parar hasta los infiernos!. "



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