Los vi morir (fragmento)Sven Hassel

Los vi morir (fragmento)

"¡Señor! ¡Qué manera de llover! ¡La lluvia se filtra! por las rendijas de evacuación de gases, que ya no deben de ser muy eficaces. Inspecciono minuciosamente la máscara de gas y sus dos filtros; el primero ha sido utilizado para hacer alcohol. ¡Apesta a alcohol! Un ataque con gases no debería ser tan espanto: uno estaría borracho perdido antes de darse cuenta de que le sofoca el cloro.
En la orilla de la carretera, en la cuneta, un camión volcado: uno de los grandes de la artillería pesada. Los haubitzer han sido proyectados a lo lejos, hasta un huerto. Una de las ruedas de hierro debió volar, tronchando una hilera de árboles. Manzanas maduras desparramadas por todas partes. El otoño de 1941 fue una buena estación para la fruta, y las recolectoras estaban en plena faena. La escalera, partida por la mitad, parece cortada por una sierra circular, y una mujer está caída sobre los barrotes, con los vestidos arrancados, conservando el zapato en el pie izquierdo y un collar en el cuello. Un pedazo de escalera le atraviesa el estómago y la punta le sale por la espalda. Alrededor del camión, se ven varios artilleros muertos. Uno de ellos empuña aún una botella de vino; murió mientras bebía. Cerca de la valla del huerto, un soldado de Infantería alemán, de apenas diecisiete años. Tiene ambos puños hundidos en las entrañas, como para contenerlas, y sus costillas parecen de marfil pulido. El agua fluye por el gran agujero negro abierto por la granada, arrastrando sangre y pedazos de carne.
-Es curioso -murmura Porta-. La guerra empieza siempre en otoño y termina en primavera. ¿Por qué será?
Es verdad. Cesan las escaramuzas de la infantería y después empieza lo bueno, cuando, noche tras noche, se oye el ronquido de los motores del vecino. Y de pronto, poco antes del alba, ¡se arma la gorda! El primer día es siempre el peor. Mueren muchos ¡muchos! Después, la cosa disminuye. No; no decrece, sino que uno se acostumbra a vivir con la muerte.
Precisamente, desde hacía tres semanas, llegaban tropas de refresco que, noche y día, desfilaban por delante del castillo blanco. Compañías, batallones, regimientos, Divisiones. Al principio, contemplábamos este desfile con curiosidad. ¡Aquellos soldados olían a Francia! ¡Y vaya riqueza! Porta y Hermanito hacían grandes negocios. Imaginaos que, de acuerdo con un Obermaat de Marina, ¡habían llegado a vender un contratorpedero a punto para entrar en servicio! Hermanito esperaba una hermosa condecoración inglesa para después de la guerra; así se lo prometieron los dos hombres morenos que compraban el contratorpedero...
Cruzamos la aldea sin encontrar resistencia, y nos amodorra el calor del tubo de escape. Porta sufre todas las fatigas del mundo para conducir el pesado vehículo entre las tropas en marcha. Un momento de distracción, y aplastaría una compañía... Detrás, la infantería de los carros está medio asfixiada por el óxido de carbono. Peligro de muerte para el imprudente que se acueste sobre el motor, entre los dos tubos de escape; pero, ¿quién no lo hace? ¡Se siente un calorcillo tan delicioso!
Hermanito duerme, tumbado sobre sus granadas, y sus ronquidos llegan a ahogar los del motor. Cuatro gordos piojos corren por su cara; son de una raza especial, con una cruz en la espalda. Deben de ser peligrosos, pues cobramos un marco por cada piojo que entregamos al sargento de Sanidad, el cual los guarda en un tubo y los envía a Alemania. Porta dice que los meten en un campo de concentración para piojos, donde crían una raza especial de piojos arios que levantan la pata derecha para hacer el saludo nazi. Heide, al oírlo, se marchó indignado. El Viejo despierta, pues, a Hermanito y le llama la atención sobre la fortuna que corre por su piel. El gigante consigue pescar tres, pero el cuarto huye al cuello de Porta, el cual se lo atribuye. Los clavan con un alfiler en la funda de caucho del aparato de óptica, para tenerlos a mano si se presenta el sargento de Sanidad.
De pronto, una colosal bola de fuego cae entre los matorrales, delante del primer tanque. Los hombres saltan de los vehículos, locos de terror y con el corazón palpitante. Permanecen tumbados en el barro, esperando la muerte. Algo barre el terreno; rebotan proyectiles en los blindajes de acero; un muro de llamas se levanta delante de nosotros: una cortina de fuego que se enrolla al revés. Llega del bosque, se eleva en el cielo en un fúnebre arco iris, describe una curva y vuelve sobre nosotros. "



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