Generaciones (fragmento)Cristóbal Zaragoza

Generaciones (fragmento)

"Marta era la estampa repetida de su madre. Un poco más alta y con la cara más alargada. Pero el arco de las cejas, los ojos y la boca, especialmente la acusada eversión del labio superior, eran idénticos a los de Elena. Lo mismo sucedía con la frente, despejada y plana, y con el color de piel, ligeramente sonrosada, aunque la de Elena había perdido fragancia. Formaban una de esas parejas en las que se descubre enseguida a madre e hija. Incluso los ademanes, la forma de moverse y caminar eran los mismos.
Hasta que empezó el malestar entre los padres, Marta había vivido en la despreocupación que suele caracterizar al menor de una casa. Tenía un mundo familiar, formado por los padres y hermanos: el mayor, camino de ser médico, y la segunda, Beatriz, que iba a casarse. Paralelo a este mundo íntimo, y complementándolo, estaba el escolar, con las compañeras, los pequeños problemas que suelen suscitar y los sustos de la época de exámenes. Todo vulgar y confiado. Limpio.
Empezó a vivir de golpe, angustiadamente, la tarde en que su madre le dijo que Alejandro se marchaba de casa al día siguiente. Marta reaccionó con violencia. Replicó que si su padre se marchaba no era precisamente por culpa de ella, de Marta. Luego se encerró en su cuarto y recogió sus cosas, sin olvidar los dos cuadernos de versos que había compuesto últimamente. Ocultó también entre sus prendas íntimas su diario. Aquella misma noche, cuando su madre y su hermana se acostaron, Marta se deslizó en el cuarto que ocupaba Alejandro como dormitorio y puso encima de su mesa de noche una nota en la que decía que quería vivir con él. Se durmió pensando cómo sería la mujer que iba a compartir la vida con su padre.
Al día siguiente, cuando se levantó, ya había salido de Casa Alejandro. Marta supo que había dormido allí por la cama deshecha. Comprendió también que había leído la nota, porque no estaba en la mesa de noche. Esperó. Las maletas de Alejandro estaban hechas y las tres grandes cajas de libros esperaban en el pasillo. Pensó que llegaría de un momento a otro, que discutiría con su madre y que, finalmente, acabaría por llevársela a vivir con él. Pero se equivocó. Cuando a media mañana sonó el timbre y Marta abrió la puerta, en lugar de encontrar a su padre, que ya había dejado las llaves en casa, vio a un hombre bajito de mediana edad que venía a llevarse sus cosas.
Tomó el ascensor que terminaba de dejar el recién llegado y bajó a la calle. Anduvo un rato sin rumbo. Lucía un sol espléndido y siguió callejeando. Había poco tráfico y las anchas aceras del Paseo de Gracia se veían casi desiertas. En el "Drugstore", donde entró para comprar un paquete de chicle, la gente hacía cola ante el puesto de Prensa. Marta salió mascando furiosamente.
Mientras bajaba hasta la Plaza de Cataluña, le llamó la atención la cantidad de grises que había en las esquinas. Por instinto gregario, se unió a un grupo de mirones estacionado frente a un escaparate de electrodomésticos. En la pantalla de los televisores, Marta vio el armón que llevaba los restos mortales de Franco. Era un vulgar vehículo a motor y se abría paso lentamente entre una doble fila de soldados. De vez en cuando, la cámara enfocaba la imagen enlutada de doña Carmen y de su familia que empezaban a ocupar los primeros coches de la comitiva.
Cansada, dio media vuelta y regresó a su casa. Encontró a su madre hablando tranquilamente con la asistenta en el despacho de Alejandro. Estaba casi desmantelado, y Elena estudiaba la distribución del cuarto de costura en que pensaba convertirlo. No parecía afectada.
En el comedor, su hermana Beatriz seguía en la televisión las incidencias del entierro de Franco en la basílica de Cuelgamuros. Marta se metió en su habitación y deshizo las maletas. Tenía los ojos llenos de lágrimas y sus mandíbulas descargaban toda su ira en el pedazo de goma que seguía mascando. "



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